Paisajes del Camino
Unos minutos para relajarse y "esponjar el alma".
Con la melodía que me ha acompañado en los momentos de mayor "inspiración".
Unos minutos para relajarse y "esponjar el alma".
Con la melodía que me ha acompañado en los momentos de mayor "inspiración".
Con una música que nos a acompañado durante los momentos en los que nos sentíamos exhaustos... ¡¡Exhausto-grinos!!
¡GRACIAS a todos los que habéis logrado que hiciera una excelente RISOTERAPIA a pesar de la dureza física del Camino!
De Astorga a Santiago de Compostela
Una visita por los lugares más emblemáticos del Camino pero, sobre todo, por las emociones vividas.
¡Gracias a mi hermano mayor, Quique, que me propuso hacer el Camino, lo impulsó, me acompañó y lo hizo todo mucho más fácil!
¡BRINDEMOS POR LA VIDA!
Aprendamos a descubrir esos "pequeños" dones que recibimos cada día.... Y NUESTRO DÍA SERÁ LUZ
Recientemente leí con estupor la noticia de que ya es posible detectar a través de una simple muestra de sangre si un feto tiene Síndrome de Down. Afirman que la prueba, se realizaría en la décima semana de gestación (antes de concluir el primer trimestre de embarazo) y tiene un altísimo porcentaje de fiabilidad, un 98,6%.
Conocer esta noticia me impactó sobremanera porque puede que seamos nosotros quienes conozcamos a las últimas personas con síndrome de Down en el mundo. Si hasta ahora ya ha disminuido considerablemente el número de nacimientos de personas con síndrome de Down con los resultados de la amniocentesis, con una técnica costosa y de riesgo. ¡Esta nueva prueba podría constituir el fin del Síndrome de Down!
El Síndrome de Down es una anomalía ocasionada por la presencia de un cromosoma extra en el par 21 en las células del organismo. Esta anomalía origina alteraciones en el desarrollo y funcionamiento de diversos órganos de la persona que lo tiene, pero la intensidad con que se manifiestan estas alteraciones es altamente variable de una persona a otra.
La aplicación de buenos programas de salud ha conseguido aumentar la esperanza de vidade quienes tienen esta anomalía hasta, casi, los 60 años como media. Al mismo tiempo, se está demostrando que la esmerada atención psicoeducativa, que comienza desde el mismo instante del nacimiento, permite descubrir y desarrollar las múltiples capacidades que las personas con Síndrome de Down poseen en las distintas áreas de la actividad humana.
De este modo, en la actualidad son capaces de alcanzar la plena integración en todas las áreas de la vida: en la familia, la escuela ordinaria, el mundo del trabajo, el deporte, las artes y la vida social.
Las familias de personas con Síndrome de Down reconocen que ellos sólo les dieron un disgusto en su vida: cuando descubrieron su anomalía. Luego todo ha sido ternura, entusiasmo, pureza.
Se ha realizado recientemente un estudio en el que se asegura que el 99 % de los padres con niños Síndrome de Down afirman amar a su hijo con esa condición especial, los miembros de sus familias reconocen que son mejores personas gracias a su presencia entre ellos. Incluso, las personas con síndrome de Down respondieron al estudio que estaban felices con sus vidas y que se sentían agusto consigo mismos.
¿Cuántas personas, de las que nos consideramos « normales », podríamos hacer la misma afirmación?
Al hilo de la noticia, leí un artículo que escribía una madre cuyo hijo es síndrome de Down y en él asegura que Dios los pone en sus vidas para transformarlos en personas más tolerantes y menos egoístas, más espirituales y menos materialistas, más humildes y menos soberbias, más trabajadoras y menos cómodas, más enérgicas y menos conformistas. Es decir, ellos los hacen más humanos.
Por eso les dice a todas aquellas mujeres embarazadas que han recibido el diagnóstico que confirma que su bebé es síndrome de Down que van a ser las más orgullosas, que fueron seleccionadas para eso, que no le den la espalda a la posibilidad de ser una madre única, diferente, una mejor madre, la del corazón más grande. Que van a sentir por ellos un amor infinito. Su hijo será la prueba más valiosa de que Dios existe.
Nuestra sociedad está en una búsqueda desesperada por alcanzar al perfección y no nos damos cuenta de que para que el mundo sea realmente perfecto tiene que englobarnos a todos, incluidas también nuestras diferencias.
Podríamos definir, el síndrome de Down como una forma singular y determinada genéticamente, de ser y de estar en el mundo, de la que los que nos llamamos “normales” tenemos mucho que aprender, porque ellos tienen una manera diferente de ver la vida: sin agresión, sin egoísmos, sin maldad, una forma más elevada, más cercana al amor...
La persona con Síndrome de Down es un beneficio para todos porque aporta y promueve valores que hacen a la sociedad más digna de llamarse humana.
¡Su exclusión y, sobre todo, su eliminación es el fracaso de toda la humanidad!
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Ya hace un año que dediqué una de mis reflexiones a hablar de la felicidad. Evidentemente no hay fórmulas mágicas para alcanzar la felicidad pero sí hay pautas que podemos seguir para alcanzar una vida más plena.
En aquel momento me detuve en dos aspectos importantes a tener en cuenta si queremos ser más felices.
El primero: nuestra relación con los demás. Somos seres hechos para el encuentro, nos hacemos realmente personas cuando nos comunicamos con los demás. Por eso nos hace tanto daño el individualismo reinante en nuestros días.
Por otro lado, hice referencia a la necesidad de dar sentido a nuestra existencia. Cuando logramos encontrar un porqué a nuestras vidas queda resuelto el “cómo”. Para quienes tenemos fe, es mucho más sencillo encontrarlo, porque, como ya dije “Hay ocasiones en las que nada parece tener sentido, pero existe Alguien que siempre dará sentido a nuestras vidas, porque es eterno e infinito. Aunque todo falle Él no nos fallará”.
Hoy deseo retomar el tema de la felicidad, al fin y al cabo hemos nacido para ser felices, vivir en paz y llenos de profunda alegría.
Sin embargo estamos dejando que la vida se nos escurra como si fuera agua entre nuestros dedos. Hoy deseo hacer una invitación a salir de la mediocridad, a no contentarnos con “ir tirando”. A esforzarnos por disfrutar de cada instante, a gozar los momentos, a exprimirlos, a involucrarnos de lleno en cada cosa que sucede a nuestro alrededor. A aspirar a tener una historia apasionante, a ser nuevos cada día y no dejar que la rutina nos apague.
En esto, los niños, desde luego, son los mejores maestros. Ellos son quienes mejor pueden enseñarnos a mirar el mundo con ojos nuevos, con el entusiasmo y la capacidad de admiración de quien ve, experimenta, vive por primera vez todo. Agacharnos a su altura y mirar de nuevo las cosas como ellos las ven nos ayudará a saborear la vida con mayor intensidad. Por algo nos dijo Jesucristo que de los que viven y se entusiasman como niños es el Reino de los Cielos. Gracias a este ejercicio de volvernos como niños podremos redescubrir el gozo de las cosas pequeñas y eso hará nuestra vida más completa.
En el Talmud (Libro Sagrado para nuestros hermanos Judíos) podemos leer: “Todos tendremos que rendir cuenta de los placeres legítimos que hayamos dejado de disfrutar”. Y es que Dios nos ha creado para ser felices y disfrutar de cada cosa que nos regala día a día.
Algunos dirán que en sus vidas las cosas no marchan bien, pero ser felices es más una actitud mental que el conjunto de circunstancias que nos rodean. Disfrutar es una elección, no una casualidad.
Las adversidades llegarán, los problemas son reales, existen y no podemos darles la espalda, pero lo que sí podemos es elegir enfrentarnos a la adversidad con la convicción de que supone una ocasión para madurar y para mejorar.
Asumir la adversidad como un impulso para crecer implicará una aceptación sabia y humilde del problema y, para eso, previamente necesitamos hacer silencio. En este mundo que vivimos nos falta tiempo para el meditar sobre lo que estamos viviendo y para ver si caminamos hacia donde queremos llegar o nos dirigimos hacia otro sitio. Nos hace falta tiempo de reflexión para poner nombre a nuestro problema y para hacer brotar de nuestro interior la fortaleza necesaria para afrontarlo. En realidad, somos mucho más fuertes de lo que pensamos o queremos ser, ya que hay ocasiones en las que nos balanceamos adormecidos en la “autocompasión” en vez de afrontar el problema.
Necesitamos hacer silencio y escuchar a Dios. Abandonarnos en Él, tener la confianza puesta en Él para aprender a relativizar las cosas y a responsabilizarnos seriamente de nuestra felicidad y de la felicidad de los demás.
A este empeño de ser felices, desde luego, nos ayudará vivir en una actitud positiva, aprender a ver el vaso medio lleno en vez de lamentarse de que ya está medio vacío. Esto hará que saquemos de la vida lo mejor y nos hará más fuertes en los momentos difíciles. No malgastemos nuestra energía en rencores, en resentimientos, en quejas o en comentarios negativos.
Mi vida me pertenece y yo puedo elegir en este momento si la vivo con una actitud negativa o positiva.

Escuchar audio: La fórmula de la FELICIDAD
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En estos días uno no deja de escuchar mensajes en los que se nos desean unos días entrañables cerca de los seres queridos, días en los que reine la paz y la felicidad.Sin embargo ¡oigo a tanta gente decir que quisieran que estas fechas pasaran cuanto antes! Siempre me ha causado mucha tristeza escuchar ese lamento.
Confieso que la Navidad es uno de mis momentos favoritos en el año desde bien pequeña. Mucha gente dice que la Navidad es para los niños, pero ¿por qué no lo es también para los mayores? A medida que vamos creciendo, se va perdiendo la ilusión por celebrar el gran acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios Dios. ¡Dios se enamora del hombre y decide convertirse en uno más entre nosotros! ¿No debiéramos estar saltando de alegría?
Por algo nos dijo Jesucristo: “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos”
Quizá una de las principales causas del desencanto por estas fechas está en cómo hemos ido complicando las cosas. Vamos corriendo de acá para allá comprando, comprando y comprando: comidas, bebidas, regalos, regalos y… más regalos. Al final no disfrutamos de lo esencial porque estamos estresados y agobiados.
Otro de los motivos es sentir como una carga el hecho de tener que festejar las celebraciones navideñas en familia. Escucho a demasiadas personas quejarse de tener que juntarse con la familia. Parece que estamos obligados a olvidar los desencuentros que hemos tenido durante el año y eso no nos agrada, porque requiere muchas dosis de humildad y de perdón.
Estamos asistiendo a una época en la que la familia está siendo menospreciada, sobre todo aquella que ahora se ha pasado a llamar “familia tradicional”. Parece que la familia es el origen de demasiadas obligaciones, de demasiadas limitaciones, de demasiadas renuncias, la familia pone a prueba nuestra paciencia y nuestra resistencia.
Sin embargo ¿qué sería de cada uno de nosotros sin la familia? Nuestras familias han marcado y siguen marcando nuestra historia personal. Son el lugar de acogida por excelencia. La familia es el mayor tesoro que tenemos. Si comprendiéramos su verdadero valor el encuentro de estos días lo festejaríamos con entusiasmo y no supondría una carga sino un regalo.
Es en la familia donde somos amados por el simple hecho de ser, sin más. Es el lugar en el que podemos ser más auténticos, donde no necesitamos disimular ni ocultar nuestros defectos porque es donde se nos quiere sin condiciones. La familia es el sitio en el que podemos aprender a vivir en comunidad, respetándonos, aceptándonos, perdonándonos.
Por eso debemos disfrutar del encuentro. Gracias a la Navidad, al menos, una vez al año muchas familias se unen en torno a la mesa. Y eso hay que vivirlo con alegría, la entrega de regalos debe ser una muestra de nuestro cariño e interés por el otro.
Las ausencias de los seres queridos que han fallecido es otro de los motivos por los que desaparece la ilusión por la Navidad. Parece que en estos días se hace más dura su pérdida. ¡Cuántas veces nos quejamos de cosas sin importancia de los miembros de la familia y nos olvidamos de valorar su presencia entre nosotros!
Hace poco me encontré con una amiga que me contó la triste pérdida que habían sufrido en su familia, unos días antes. El padre de su marido había sido arroyado por un autobús urbano. Las pasadas navidades las pudieron vivir juntos, éstas ya no.
El día de Navidad un sacerdote hizo una hermosa reflexión: Hoy más que nunca debemos estar alegres porque gracias a la Navidad, al nacimiento del Hijo de Dios que vino a salvarnos del pecado y de la muerte, sabemos que algún día podremos volver a encontrarnos con aquellos que ya han partido al Padre.
Si en algo podemos estar de acuerdo es en el hecho de que todo el mundo anhela ser feliz, pero ¿dónde se encuentra la fórmula de la felicidad?
Seguramente no estamos pasando unos momentos propicios para la alegría. La crisis económica y laboral que mucha gente está sufriendo de manera directa, las fechas navideñas que tristemente invitan a muchos a hundirse en sentimientos de melancolía y de nostalgia, el invierno con sus días tan cortos, tan oscuros, tanta nieve, tanto frío, tantas lluvias… Me he dado cuenta de que hay un sentimiento de tristeza generalizado en la gente. También llueve en el interior de las personas.
Sin embargo, la alegría debería ser una de las principales notas que nos caractericen a los seguidores de Cristo. En el Nuevo Testamento se nos hace una invitación constante: “¡Estad alegres!”
Dios está con nosotros y quiere que seamos felices, Cristo ha vencido al mal y a la muerte con su Resurrección entonces… ¿de qué seguimos teniendo miedo? ¿Por qué no llevamos colgada una sonrisa en la cara de forma constante?
Las religiones orientales, proclaman que la fuente del dolor es el deseo. Eliminando ese deseo en el interior de cada uno buscan la armonía y el equilibrio personal
Los cristianos, vamos más allá. Entendemos que el tú, el otro, es fundamental en la vida. No podemos ser realmente felices si no salimos de nosotros mismos y nos encaminamos hacia el encuentro con los demás.
Quizá precisamente ése sea el motivo de nuestra falta de alegría. En una sociedad cada vez más individualista, los otros se acaban convirtiendo en un estorbo si ya no los consideramos "útiles".
Por supuesto, a Dios también le tenemos apartado. Los agnósticos y los ateos porque han preferido "pasar" e incluso renegar de Él. Los que nos llamamos creyentes, porque nos olvidamos de que Dios sigue ahí en muchos momentos del día a día.
Y si nos olvidamos de Dios, al final también nos acabamos olvidando de aquellos que nos rodean. Terminamos encerrados en nosotros mismos y viviendo inmersos en nuestro propio yo, que al fin y al cabo está cargado de limitaciones y pequeñas o grandes miserias.
Sólo saliendo de uno mismo podremos encontrar la verdadera alegría que un día dejamos escapar a base de egoísmos y de envidias. Sólo saliendo de nosotros mismos descubriremos nuestras cualidades y grandezas.
Por otro lado, debe quedarnos claro que la felicidad no consiste en que todo nos vaya bien en la vida y que no tengamos ningún problema ni contratiempo. La felicidad es algo que va más allá del placer e incluso de la alegría. Uno puede llegar a ser feliz en medio del dolor si es capaz de dar sentido a ese sufrimiento.
Felicidad es sentirse completo, y esa plenitud se consigue cuando damos sentido a nuestra vida. Lo opuesto a la felicidad no es la tristeza sino el vacío. El vacío que uno siente cuando no consigue dar sentido a su existencia y se sumerge en una profunda oscuridad, que cuesta mucho combatir.
Pero si uno lucha y va más allá de sí mismo, se esfuerza por reencontrarse con los demás, y sobre todo, reencontrarse con Dios, la oscuridad va desapareciendo, puede parecernos que lo hace demasiado lentamente, pero lo importante es que desaparece. Él ya nos lo dijo: “Yo soy la Luz del mundo, y el que me sigue no andará en tinieblas”
Hay ocasiones en las que nada parece tener sentido, pero existe Alguien que siempre dará sentido a nuestras vidas, porque es eterno e infinito. Aunque todo falle Él no nos fallará.
En mis noches oscuras no dejo de escuchar su voz: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré". Entonces... Vuelve a "salir el sol".
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