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UNA CLASE DIFERENTE

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El arte de elegir


Saber elegir es todo un arte, pero seguramente lo es mucho más el ser coherente y consecuente con las decisiones que tomamos.
No estamos en un ambiente que favorezca ni el compromiso ni la renuncia.
En un anuncio publicitario de una compañía de teléfonos móviles nos lanzaban el mensaje: “¡Lo quiero todo y lo quiero ya!”
No sé qué parte del mensaje me parece más sospechosa, si el hecho de quererlo todo o la inmediatez con la que exige tenerlo.
Respecto a la inmediatez; debemos reconocer que vivimos en la cultura de lo inmediato: que nadie se esfuerce por conseguir nada porque eso ya está trasnochado. ¿Quién no quiere tener todo sin hacer nada, o como muestran en otro anuncio, esta vez de un perfume, con un chasquido de dedos?
Pero, en realidad todo lo que vale la pena, cuesta y no hay nada más satisfactorio que lograr una meta tras una larga lucha, tras poner en ese proyecto todo nuestro afán y toda nuestra entrega.
Respecto a tenerlo todo es, simplemente, imposible. Debemos aprender a vivir con la finitud, con las limitaciones. Dice un sabio refrán castellano “No podemos estar en misa y repicar a la vez”
Preparando una de mis clases me encontré un día con un texto de un escritor y monje benedictino de Argentina, Mamerto Menapace, que decía: “Elegir es renunciar. Un “sí” en la vida trae consigo una innumerable cantidad de “noes”. Decir que no a algo nos deja en libertad para decirle todavía que sí a todo lo demás. Mientras que decir a algo que sí, nos compromete a decirle que no a todo el resto”. “Contiene muchos más “noes” un sí, que un no”.
Y aunque pueda parecer un trabalenguas, que a mis alumnos les cuesta muchas veces comprender, finalmente te das cuenta de la gran verdad que encierra esta afirmación. En este texto se nos habla de compromiso y de renuncia.
Cuando decimos Sí a algo, nos comprometemos con ello en cuerpo y alma, y eso implica una gran responsabilidad y coherencia de vida. Quizá a lo largo de nuestro camino haya momentos en los que dejemos de ver la razón que daba sentido a aquel compromiso, pero no por ello debemos dejar de ser consecuentes con él. Debemos ser fuertes y aprender a renunciar, no sin dolor, en ocasiones, al resto de opciones a las que un día dijimos NO indirectamente al dar aquel primer SÍ. Y, sinceramente, no sé hasta que punto somos capaces de realizar ese tipo de renuncias. No porque no podamos, si no porque nos han vendido el mensaje de que podemos tenerlo todo, sin tener que renunciar a absolutamente nada, y al creérnoslo nos vamos convirtiendo en personas débiles e inmaduras, incapaces de afrontar la más mínima dificultad.
Renunciar en favor de un compromiso anterior, es renunciar en favor de un valor superior. Duele, a veces demasiado, porque implica renunciar a una parte de nosotros mismos, renunciar a una parte egoísta, renunciar a nuestras soberbias. Duele porque, finalmente, implica negarse a uno mismo y eso supone un tremendo sacrificio y esfuerzo.
Pero también nos hace mucho más fuertes, nos enriquece y nos eleva como seres humanos por encima del resto de la creación que se guía por meros instintos. Cuando logras dominar esos instintos y te superas a ti mismo, ganas la batalla y te sientes realmente LIBRE y, por lo tanto, en PAZ.
Hace pocos días, contemplando la Cruz descubrí otro de los grandes mensajes que Cristo nos lanza desde ella: la LIBERTAD. Él escogió libremente ese calvario para gritarnos que fue plenamente libre para estar allí, colgado. Con sus brazos abiertos de par en par nos está diciendo: “¡Soy libre! ¡Sí! ¡Libre! Por eso estoy aquí, ésta es la mejor manera que tengo para mostrarte lo mucho que te amo, con mi entrega absoluta”.
Fue entonces cuando encontré pleno sentido a sus palabras: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.

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