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Conexión espiritual

Es bastante evidente que, hoy, los cristianos estamos en el punto de mira, que no se habla bien de nosotros, que se busca la menor oportunidad para sacar de contexto determinadas situaciones y aprovecharlas para echarnos por tierra, llegando, incluso, al insulto y a la burla.


Está claro que los cristianos, ahora, debemos afrontar una etapa dura, pero no por eso podemos desfallecer ni rendirnos sino que debemos plantearnos que es también un momento propicio para purificar y fortalecer nuestra vida de fe.


También debemos ser conscientes de que en este momento tendríamos que vivir más unidos que nunca entre nosotros.


Uno de los legados que Jesucristo nos dio en la Última Cena fue su Nuevo Mandamiento: “Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos”.


¡Ésa es la clave! Amarnos los unos a los otros. Sólo amándonos podrán reconocer a Cristo presente en nuestras vidas. Pero, ¿cómo podemos llegar a hacerlo?


Hace años, una amiga que vivía en otra ciudad, solía despedirse de mí en sus cartas con un: “Nos vemos en la Eucaristía”.


La primera vez me sorprendió mucho aquella despedida, poco a poco fui descubriendo y saboreando la trascendencia de sus palabras.


Todos los que participamos en la Eucaristía estamos compartiendo la celebración de un mismo sacrificio en un mismo altar y comulgamos un mismo pan. Pero me doy cuenta de que casi siempre llegamos a la Iglesia y nos sentamos en medio de una multitud de gente desconocida a la que sentimos ajena a nosotros, y no nos pararnos a reflexionar en que esa multitud está compuesta por personas que comparten con nosotros algo tan profundo que debiera hacernos vivir conectados unos a otros, con una conexión espiritual más fuerte que cualquier limitación o barrera humana, y eso es el Amor de Dios.


¿Por qué no nos sentimos identificados unos con otros si en realidad estamos enamorados del mismo Amor? ¿Por qué nos sentimos extraños y nos tratamos como ajenos a nuestras vidas?


Si tan solo por un instante mirásemos a quienes están a nuestro lado y cayéramos en la cuenta de que existe un vértice superior por el que todos estamos unidos… sería imposible no cambiar nuestra vida de comunidad. Sería imposible no empatizar unos con otros, ponernos en el lugar de los demás.


Si personas muy dispares pero aficionados a un mismo equipo de fútbol, o afines a un mismo partido político son capaces de identificarse… ¿Cuánto más no tendríamos que hacerlo aquellos que amamos al mismo Amor?


Si dejamos a un lado las rencillas personales, fruto de la vanidad en la mayor parte de las ocasiones, las diferencias que carecen de verdadera importancia, las críticas que destruyen, y a cambio ponemos en el centro al verdadero Amor que plenifica nuestras vidas, la unión que Cristo nos pidió se hará realidad entre nosotros de manera natural.


Deseo que hagamos un pequeño esfuerzo para conseguir conectar entre nosotros desde el mismo Amor de Dios, para que al vernos la gente pueda exclamar ahora… como al principio: “¡Mirad cómo se aman!”


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La importancia de permanecer unidos


Ya dediqué una de mis reflexiones a hablar de la unidad entre los católicos, pero deseo retomar ese tema porque me duele mucho ver cómo, entre nosotros, no obramos como Jesús nos pidió.
Escucho en los ataques externos a la Iglesia que estamos divididos y deseo creer que nuestra fe en Jesucristo prevalece por encima de nuestros propios intereses. Pero asisto en numerosas ocasiones a un hecho muy doloroso que es el de tener que escuchar cómo entre los nosotros nos lanzamos acusaciones y nos ponemos etiquetas llamando a unos “progresistas” y a otros “conservadores” con la clara intención de despreciarnos.
Nuestra Iglesia es Católica, y católico significa Universal, por eso considero que estamos haciendo lo contrario a la voluntad de universalidad de Dios, de su mensaje y de su salvación, al ponernos esas etiquetas y crear barreras entre nosotros.
Por desgracia, estas desavenencias y desencuentros no son nada nuevo en la historia de la Iglesia. San Pablo se esforzó en transmitirnos la importancia de permanecer unidos.
Parece que aún está en plena vigencia la exhortación que nos hace en su primera carta a los Corintios: “Yo, hermanos, no pude hablaros como a quienes poseen el Espíritu, sino como a gente inmadura, como a cristianos en edad infantil. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais asimilar. Tampoco ahora podéis, pues seguís siendo inmaduros. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia ¿no es señal de inmadurez y de que actuáis con criterios puramente humanos? Cuando uno dice "Yo soy de Pablo", y otro "Yo soy de Apolo", ¿no procedéis al modo humano? Porque, ¿qué es Apolo y qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales llegasteis a la fe!, cada uno según el don que el Señor le concedió”. (1 Cor 3, 1 – 5)
En la carta a los Romanos, se utiliza una imagen muy pedagógica para describir a la Iglesia: somos el Cuerpo de Cristo. “Porque como en un cuerpo hay muchos miembros y no todos tienen la misma función, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo”. (Rom. 12,4 - 5)
Cada uno de nosotros tenemos diferentes dones, diferentes cualidades, aptitudes o capacidades, según sea el don recibido así deberá ser nuestra función dentro de la Iglesia.
Vuelvo a la primera carta a los Corintios: “Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de actividades, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos” (1 Cor 12, 4 - 7).
Y no debemos considerarnos superiores a los demás, porque nuestra cualidad es un regalo recibido de Dios para el servicio de todos los miembros del cuerpo, ni tampoco debemos criticarnos unos a otros por tener cualidades diferentes: “Aunque hay muchos miembros, el cuerpo es uno” (1 Cor 12,20). No podemos decirnos unos a los otros que no nos necesitamos. Ni andar con envidias o desavenencias.
Todos somos templos de Dios en los que habita el Espíritu Santo, por eso no tenemos que destruirnos unos a otros, porque el templo de Dios es sagrado y nosotros somos ese lugar en donde Él habita. Por eso se nos pide que hagamos lo posible por vivir en paz con todos los hombres. (Rom. 12, 18)
“No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con la fuerza del bien” (Rom. 12, 21)
Es triste que andemos enfrentados en nombre de la verdad porque solo hay una Verdad que es Cristo: Camino, Verdad y Vida. Y Él nos dejó como legado un mandato que nos serviría para que siempre estuviéramos unidos: “Amaos los unos a los otros”.

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Apreciar el Misterio


Cuando llegan estos días me doy cuenta de que debo hacer un esfuerzo en mi interior para volver a redescubrir la hondura del misterio de la redención en la pasión y muerte de Jesucristo. Alguien me dijo una vez que estar cerca de un misterio puede hacer que acabemos viéndolo como algo cotidiano y dejemos de sentir el valor que tiene en sí mismo.


Creo que es lo que me pasa a mí cada vez que llega la Semana Santa. En estos días me empeño en vivir con intensidad lo celebrado porque lo que conmemoramos es la mayor prueba de Amor que ha existido en la historia del ser humano. Quizá no sea yo la única persona a la que le sucede esto. Desde bien pequeños hemos oído muchas veces frases como éstas: “Jesús murió crucificado por nosotros”, “Jesús nos ha salvado de la muerte y del pecado”, “Jesús nos ha redimido”... Y vemos tantas cruces, tantas escenificaciones de la Pasión… que nos hemos acostumbrado a mirar hasta el punto de no ser capaces de captar la profundidad del mensaje que nos transmiten.


He podido observar que esto mismo también les pasa a mis alumnos... A pesar de su juventud, ya no sienten admiración ante la entrega excepcional de Cristo. Han pasado por el misterio de puntillas, no se han sumergido en él.


Durante el curso, una de las épocas de las que más disfruto es con la llegada de la Semana Santa, porque en ella me esfuerzo por hacer que mis alumnos se zambullan, en la medida de lo posible y con mis numerosas limitaciones, en el misterio de la redención. Y me anima y reconforta sobre manera ver que en su interior sienten que algo les interpela y que logran verlo con ojos nuevos.


Otra experiencia que me está enriqueciendo enormemente estos días es compartir la vivencia que de la Semana Santa tiene mi pequeño hijo Iván. Me está ayudando a ver y sentir este misterio de otra manera.


¿Por qué? Pues porque es un pequeño que aún mantiene intacta su capacidad de sorpresa y admiración. Y ante la muerte y resurrección de Jesús él está fascinado.


Y me maravillo por sus inquietudes y las conclusiones a las que llega ante las explicaciones que le doy cada vez que me pide que le cuente la “historia de Jesús”. Algo que le trae de cabeza es el hecho de que Jesús se dejara apresar cuando podía haberse escapado o, si no, por lo menos haberse escondido...


Un día me dijo que cuando fuera mayor quería subir al micrófono de la Iglesia para decir a todos que Jesús murió porque quiso. Y yo, me quedé sin palabras. Porque, ciertamente, Cristo murió como murió porque vivió como había vivido. Él no buscó una muerte violenta pero la afrontó en la medida que formaba parte de la misión asumida, de su entrega en favor del ser humano. Jesús sufre porque una misión como la suya está expuesta a la reacción violenta de los hombres.


Y mi hijo, que aún no tiene cuatro años, no sólo ha entendido el misterio, sino que, además, se ha dejado maravillar por él.


Ante esta experiencia, adquiere pleno sentido para mí una de las oraciones de Jesús: “Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos”.


¡Ojalá, en estos días, vivamos la pasión, la muerte y la resurrección del Señor con una capacidad de admiración renovada para que sintamos así, en lo más profundo de nuestro corazón, la grandeza del mayor don de Dios: la Redención!


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El sentido de lo esencial


Recuerdo con claridad la anécdota que nos contaba un chico, Pablo, que había pasado un año de misiones en Perú. Nos dijo que tuvo una sensación muy extraña cuando volvió a pasear por primera vez tras su vuelta por las calles de su ciudad, Burgos. “Me paré, miré a todos los que pasaban a mi alrededor – dijo - y yo me preguntaba: ¿Por qué corréis?” Él se había adaptado tanto a un ritmo y un estilo de vida tan diferente al nuestro que tras un año fuera pudo ver con claridad lo que nosotros hemos dejado de ver: vivimos inmersos en una carrera constante.

Si nos parásemos por unos instantes a observar el ritmo que llevamos seguramente nos quedaríamos pasmados.

¿Cuántas veces a lo largo del día nos decimos “Tengo que hacer esto, tengo que hacer lo otro”? Personalmente, reconozco que me paso el día recordándome: “Tengo que…” “Tengo que…”

La experiencia de Pablo trajo a mi memoria lo que Jesús le contestó a Marta un día que fue a visitarle a ella y a su hermana María:

«Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán».

Jesús amaba la vida con plenitud y con la respuesta que le da a Marta nos descubre el sentido de lo esencial.

Se nos pasa la vida inmersos en una carrera loca de innumerables quehaceres y, tras la noche… ¡Vuelta a empezar!

Pero ¿cuándo disfrutamos de la esencia de la vida, de aquello que hace que todo adquiera sentido, aquello por lo que merece la pena vivir?

Si todo nuestro tiempo lo empleamos en actuar, no nos quedará tiempo para CONTEMPLAR.

Con la llegada de mi hija (Clara) a nuestra vida he vuelto a recordar una lección que ya aprendí con mi hijo (Iván): la importancia de dedicar tiempo a la contemplación. Un recién nacido requiere muchos cuidados y atenciones, también debemos atender la casa cuando el peque nos lo permite… ¡Se nos pasan los días, los niños crecen demasiado pronto sin haberlos sabido disfrutar!

Tenemos que aprender a frenar y pararnos a contemplar. Contemplar los pequeños gestos, las sonrisas, las miradas, las expresiones, los sentimientos, las necesidades de aquellos que viven a nuestro lado. Y saborearlos, no dejarlos pasar sin más, saborearlos para que, cuando uno llegue al final de su vida pueda afirmar que realmente HA VIVIDO.

Con el ritmo acelerado de vida que llevamos cada vez estamos descuidando más las relaciones personales. Y todos necesitamos ser atendidos con cariño y dedicación.

Cuando estamos escuchando a una persona debiéramos olvidarnos de lo que tenemos pendiente para más tarde, porque nada hay más importante que ese instante que ya no volverá a pasar.

Por supuesto, estas prisas también nos han robado el tiempo que debiéramos dedicar a Dios.

Es imposible actuar por Dios y en su nombre si previamente no nos hemos dado tiempo para la oración y la contemplación.

Pasan y pasan los días, los meses, los años… y de pronto podemos llegar a darnos cuenta de que estamos desfondados, de que ya no podemos seguir tirando con nada. Y eso nos sucede porque nos hemos olvidado de llenarnos de Dios.

Tenemos que encontrar el equilibrio justo entre contemplación y acción. Y saber escoger la mejor parte porque sólo una cosa es necesaria: Dios, ¿lo demás? Él nos lo dará por añadidura.



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El Sacramento del Amor



Seguramente, todos hemos pasado o estamos pasando por la experiencia de estar alejados físicamente de alguien a quien amamos: padres, hijos, nietos, amigos, incluso algún amor.

Precisamente esa experiencia es la que un día hizo que me diera cuenta de la grandeza de la Eucaristía.

Si nos ponemos en el lugar de Cristo, en la última Cena, uno se maravilla ante la fascinante solución que ideó para que nunca estuviéramos separados de Él a pesar de su partida. Ni siquiera inventos tan extraordinarios para facilitar la comunicación entre personas que están distanciadas como son los teléfonos móviles o incluso, Internet, han podido superar a la institución de la Eucaristía.

¡Cuánto debe de amarnos Cristo para idear algo así!

Con dos alimentos básicos y cotidianos en la vida del pueblo, pan y vino, Él hizo el milagro de quedarse con nosotros, de una forma íntima y permanente, tan íntima que entra en nuestro interior como un alimento, y tan permanente que con ello Él estará con nosotros "Todos los días, hasta el fin del mundo".

Ésa es una de mis citas preferidas de los Evangelios. Saber que no quedamos desamparados ni en soledad tras la partida de Jesús hacia el Padre, reconforta y da sentido a nuestra vida cristiana.

Nuestra fe no es en un Dios muerto sino en un Dios vivo que, además, ha decidido quedarse a vivir dentro de nosotros.

Los cristianos debiéramos considerarnos privilegiados por disfrutar de la Eucaristía tantas veces como deseemos. Debería ser un sacramento presente de manera constante en nuestras vidas.

Recuerdo el momento de mi primera comunión, en un primer instante sufrí una gran decepción, creía que el pan consagrado debía saber de una manera diferente, ser más dulce, porque si se había convertido en el cuerpo de Cristo eso tenía que darle un sabor especial. Pero no era así, Dios actúa con formas más sutiles y profundas. Inmediatamente me di cuenta de ello porque comencé a llorar de emoción ante la presencia de Jesús dentro de mí.

Cada vez que me acerco al sacramento de la Eucaristía siento una calidez, una seguridad y protección que me invaden y dan fuerzas. Más aún ahora que sé que con cada comunión, Jesús, además, va a hacer una visita a la pequeña que llevo dentro. No en vano se dice que la Eucaristía es el alimento del alma.

El ser humano, desde siempre, se ha esforzado por acercarse lo máximo posible a la divinidad con todo tipo de ritos y cultos. En el caso de los cristianos, sabemos que ha sido el mismo Dios quien ha querido acercarse a nosotros y lo ha hecho de una forma tan íntima y extraordinaria que podemos hasta comerlo.

Por todo ello debemos agradecer a Dios su gran generosidad y amor. Cuando Jesús decidió entregarse no lo hizo de una sola vez en la Cruz. Él se sigue entregando cada vez que celebramos la Eucaristía, por eso, es el Sacramento del Amor. Un sacramento que debe llevarnos a amar todos los demás de la forma que Él nos pidió:: “Amaos unos a otros como yo os he amado” y se podría añadir, “Como yo os sigo amando”.

Él mismo se hace don, se nos entrega, una y otra vez. Sin tener en cuenta nuestros desprecios, ni rechazos, ni abandonos.

El Beato Manuel González, quien fuera obispo de Palencia, nos invitaba con insistencia a visitar el Sagrario y al Santísimo: “Ahí está Jesús, ahí está. ¡No dejadlo abandonado!” Él supo entender y sentir muy bien la presencia de Jesús en la Eucaristía.

Una presencia a la que deberíamos sentirnos fuertemente unidos. Sólo así seremos capaces de mantener encendida nuestra luz de cristianos, de hacer que nuestra sal no se vuelva sosa.


Escuchar audio: El sacramento del amor

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Jerusalén


Al acercarse las fechas en las que vamos a celebrar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, vienen a mi memoria, con más intensidad, dos de los lugares que visité durante mi viaje a Tierra Santa: el Cenáculo y el Santo Sepulcro.
El Cenáculo está en la primera planta de un edificio que pertenece a los judíos y es el sitio en el que Jesús celebró con los apóstoles la Última Cena y el lugar donde éstos recibieron el Espíritu Santo unos días después.
Estuve allí en dos ocasiones. La primera vez estaba lleno de gente, aún así, sentí una fuerza que me empujaba a abstraerme de todo el barullo y centrarme en el privilegio que suponía poder estar en el sitio en el que Jesús ideó un modo excepcional de seguir con nosotros hasta el fin de los tiempos, gracias a eso podemos estar con Él cada vez que lo deseemos, acudiendo a la Eucaristía o visitando un Sagrario. También es el lugar en el que nos desveló la manera en la que podíamos alcanzar la auténtica felicidad: Amándonos los unos a los otros.
Cuando regresé allí por segunda vez no había nadie. Resultaba extraño ver aquella sala sin ningún adorno ni símbolo cristiano. Siendo como es uno de los lugares más importantes para nuestra fe, su austeridad sorprende. Pero Dios es así, sus mayores acciones las realiza desde la sencillez y la discreción. Sin hacer alarde de su poder.
Por unos instantes imaginé la escena en aquella noche de entrega, el momento en el que Cristo se levantó a lavar los pies a sus discípulos, el momento en el que partió el pan, el momento en el que les pidió que nos amáramos... Ante la rememoración de lo que sucedió en aquella cena sólo supe decir: ¡Gracias!
La visita al Santo Sepulcro fue aún más curiosa.
El Santo Sepulcro es una basílica completamente caótica, un edificio ha ido superponiéndose a otro sucesivamente a lo largo de varios siglos. Si entras desde la Vía Dolorosa, la primera sensación que recibes es la de estar dentro de un laberinto donde naves y pasillos se cruzan unos con otros y aparecen capillas y criptas sin ningún orden aparente. ¡Es un lugar fascinante!
Su propiedad está muy dividida, sólo una pequeña zona pertenece a los cristianos católicos, custodiada por los queridos hermanos franciscanos que cuidan con mimo cada uno de los Santos lugares de los que son custodios.
El resto pertenece a cristianos de otras confesiones: ortodoxos griegos mayoritariamente, pero también, armenios, coptos e incluso etíopes.
Llama la atención la falta de orden y de silencio entre los visitantes del lugar. Hay un bullicio molesto y continuo que puede llegar a producirte una gran indignación. Estás en el sitio clave del cristianismo, el lugar donde todo adquiere sentido, el sitio donde tuvo lugar la resurrección y no puedes entender que no se guarde un silencio respetuoso ante aquel lugar tan sagrado.
Pero luego, te das cuenta de que a Cristo, en su camino al calvario y una vez colgado en la cruz, no le acompañaría precisamente mucha gente en actitud de contemplación y de reverencia. Aquel ambiente de jaleo en la Basílica del Santo Sepulcro debía de ser lo más parecido a lo que rodeó a Jesús durante su pasión y muerte.
Cuando caes en la cuenta de esto empiezas a mirar todo con los ojos del corazón y a entender la extraña forma que tiene Dios de manifestarse. Sólo con fe puedes admirar aquel sitio en toda su plenitud.
Subir a la planta en la que está el calvario es sobrecogedor. Tocar la piedra y pensar que fue allí donde Jesús se dio por completo te abruma, pero te llena el alma.
También tuve la suerte de poder permanecer un buen rato frente a la pequeña edificación que cubre el Sepulcro dentro de la Basílica y pude abstraerme de todo el movimiento que había por allí, desde mi lugar de observación privilegiado pensé que quizá fue allí donde las mujeres descubrieron el domingo, muy de madrugada, que algo excepcional había sucedido al ver corrida la piedra que cubría el sepulcro. En realidad nadie fue testigo directo del momento culminante de nuestra redención, pero el acontecimiento que dio sentido a nuestra fe en un Dios que nos salva sucedió allí.
Poder visitar aquel lugar y tener un rato de serena contemplación ante el Misterio, es algo que transforma por completo tu manera de vivir la Semana Santa, la Pascua de Resurrección y, por supuesto, toda tu fe.




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La alegría del Cristiano

Si en algo podemos estar de acuerdo es en el hecho de que todo el mundo anhela ser feliz, pero ¿dónde se encuentra la fórmula de la felicidad?
Seguramente no estamos pasando unos momentos propicios para la alegría. La crisis económica y laboral que mucha gente está sufriendo de manera directa, las fechas navideñas que tristemente invitan a muchos a hundirse en sentimientos de melancolía y de nostalgia, el invierno con sus días tan cortos, tan oscuros, tanta nieve, tanto frío, tantas lluvias… Me he dado cuenta de que hay un sentimiento de tristeza generalizado en la gente. También llueve en el interior de las personas.
Sin embargo, la alegría debería ser una de las principales notas que nos caractericen a los seguidores de Cristo. En el Nuevo Testamento se nos hace una invitación constante: “¡Estad alegres!”
Dios está con nosotros y quiere que seamos felices, Cristo ha vencido al mal y a la muerte con su Resurrección entonces… ¿de qué seguimos teniendo miedo? ¿Por qué no llevamos colgada una sonrisa en la cara de forma constante?
Las religiones orientales, proclaman que la fuente del dolor es el deseo. Eliminando ese deseo en el interior de cada uno buscan la armonía y el equilibrio personal
Los cristianos, vamos más allá. Entendemos que el tú, el otro, es fundamental en la vida. No podemos ser realmente felices si no salimos de nosotros mismos y nos encaminamos hacia el encuentro con los demás.
Quizá precisamente ése sea el motivo de nuestra falta de alegría. En una sociedad cada vez más individualista, los otros se acaban convirtiendo en un estorbo si ya no los consideramos "útiles".
Por supuesto, a Dios también le tenemos apartado. Los agnósticos y los ateos porque han preferido "pasar" e incluso renegar de Él. Los que nos llamamos creyentes, porque nos olvidamos de que Dios sigue ahí en muchos momentos del día a día.
Y si nos olvidamos de Dios, al final también nos acabamos olvidando de aquellos que nos rodean. Terminamos encerrados en nosotros mismos y viviendo inmersos en nuestro propio yo, que al fin y al cabo está cargado de limitaciones y pequeñas o grandes miserias.
Sólo saliendo de uno mismo podremos encontrar la verdadera alegría que un día dejamos escapar a base de egoísmos y de envidias. Sólo saliendo de nosotros mismos descubriremos nuestras cualidades y grandezas.
Por otro lado, debe quedarnos claro que la felicidad no consiste en que todo nos vaya bien en la vida y que no tengamos ningún problema ni contratiempo. La felicidad es algo que va más allá del placer e incluso de la alegría. Uno puede llegar a ser feliz en medio del dolor si es capaz de dar sentido a ese sufrimiento.
Felicidad es sentirse completo, y esa plenitud se consigue cuando damos sentido a nuestra vida. Lo opuesto a la felicidad no es la tristeza sino el vacío. El vacío que uno siente cuando no consigue dar sentido a su existencia y se sumerge en una profunda oscuridad, que cuesta mucho combatir.
Pero si uno lucha y va más allá de sí mismo, se esfuerza por reencontrarse con los demás, y sobre todo, reencontrarse con Dios, la oscuridad va desapareciendo, puede parecernos que lo hace demasiado lentamente, pero lo importante es que desaparece. Él ya nos lo dijo: “Yo soy la Luz del mundo, y el que me sigue no andará en tinieblas”
Hay ocasiones en las que nada parece tener sentido, pero existe Alguien que siempre dará sentido a nuestras vidas, porque es eterno e infinito. Aunque todo falle Él no nos fallará.
En mis noches oscuras no dejo de escuchar su voz: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré". Entonces... Vuelve a "salir el sol".

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El arte de elegir


Saber elegir es todo un arte, pero seguramente lo es mucho más el ser coherente y consecuente con las decisiones que tomamos.
No estamos en un ambiente que favorezca ni el compromiso ni la renuncia.
En un anuncio publicitario de una compañía de teléfonos móviles nos lanzaban el mensaje: “¡Lo quiero todo y lo quiero ya!”
No sé qué parte del mensaje me parece más sospechosa, si el hecho de quererlo todo o la inmediatez con la que exige tenerlo.
Respecto a la inmediatez; debemos reconocer que vivimos en la cultura de lo inmediato: que nadie se esfuerce por conseguir nada porque eso ya está trasnochado. ¿Quién no quiere tener todo sin hacer nada, o como muestran en otro anuncio, esta vez de un perfume, con un chasquido de dedos?
Pero, en realidad todo lo que vale la pena, cuesta y no hay nada más satisfactorio que lograr una meta tras una larga lucha, tras poner en ese proyecto todo nuestro afán y toda nuestra entrega.
Respecto a tenerlo todo es, simplemente, imposible. Debemos aprender a vivir con la finitud, con las limitaciones. Dice un sabio refrán castellano “No podemos estar en misa y repicar a la vez”
Preparando una de mis clases me encontré un día con un texto de un escritor y monje benedictino de Argentina, Mamerto Menapace, que decía: “Elegir es renunciar. Un “sí” en la vida trae consigo una innumerable cantidad de “noes”. Decir que no a algo nos deja en libertad para decirle todavía que sí a todo lo demás. Mientras que decir a algo que sí, nos compromete a decirle que no a todo el resto”. “Contiene muchos más “noes” un sí, que un no”.
Y aunque pueda parecer un trabalenguas, que a mis alumnos les cuesta muchas veces comprender, finalmente te das cuenta de la gran verdad que encierra esta afirmación. En este texto se nos habla de compromiso y de renuncia.
Cuando decimos Sí a algo, nos comprometemos con ello en cuerpo y alma, y eso implica una gran responsabilidad y coherencia de vida. Quizá a lo largo de nuestro camino haya momentos en los que dejemos de ver la razón que daba sentido a aquel compromiso, pero no por ello debemos dejar de ser consecuentes con él. Debemos ser fuertes y aprender a renunciar, no sin dolor, en ocasiones, al resto de opciones a las que un día dijimos NO indirectamente al dar aquel primer SÍ. Y, sinceramente, no sé hasta que punto somos capaces de realizar ese tipo de renuncias. No porque no podamos, si no porque nos han vendido el mensaje de que podemos tenerlo todo, sin tener que renunciar a absolutamente nada, y al creérnoslo nos vamos convirtiendo en personas débiles e inmaduras, incapaces de afrontar la más mínima dificultad.
Renunciar en favor de un compromiso anterior, es renunciar en favor de un valor superior. Duele, a veces demasiado, porque implica renunciar a una parte de nosotros mismos, renunciar a una parte egoísta, renunciar a nuestras soberbias. Duele porque, finalmente, implica negarse a uno mismo y eso supone un tremendo sacrificio y esfuerzo.
Pero también nos hace mucho más fuertes, nos enriquece y nos eleva como seres humanos por encima del resto de la creación que se guía por meros instintos. Cuando logras dominar esos instintos y te superas a ti mismo, ganas la batalla y te sientes realmente LIBRE y, por lo tanto, en PAZ.
Hace pocos días, contemplando la Cruz descubrí otro de los grandes mensajes que Cristo nos lanza desde ella: la LIBERTAD. Él escogió libremente ese calvario para gritarnos que fue plenamente libre para estar allí, colgado. Con sus brazos abiertos de par en par nos está diciendo: “¡Soy libre! ¡Sí! ¡Libre! Por eso estoy aquí, ésta es la mejor manera que tengo para mostrarte lo mucho que te amo, con mi entrega absoluta”.
Fue entonces cuando encontré pleno sentido a sus palabras: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.

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