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UNA CLASE DIFERENTE

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Amar la Vida

Cada vida que se estrena es un auténtico tesoro. Se abre a todo un mundo de posibilidades, de nuevas experiencias, de ilusiones, de amores.
Estamos aquí por amor, amor entre nuestros padres, pero, aunque esto no sea así en algún caso, siempre está presente el amor de aquel que nos ha creado.
Es imposible no sentir la grandeza del amor de quien ha creado una nueva vida para que venga a enriquecer al mundo.
Cuando una mujer descubre que es madre porque se entera de su embarazo, surgen en lo más profundo de su ser una explosión de sentimientos.
El primero es de "vértigo" ante la responsabilidad que supone criar y educar a otra persona, pero luego, ese vértigo da paso a sensaciones inmensas nunca antes experimentadas.
En mi vida nunca antes tuve tanta certeza de la presencia de Dios y de una forma tan intensa como durante mi embarazo, porque:
- Él me decía claramente, y por primera vez en mi vida sin que hubiera ningún tipo de dudas, a qué me estaba llamando. La señal era muy clara: quería que me convirtiera en madre.
- Él estaba poniendo una fuerte confianza en mí al darme semejante encargo: mi maternidad.
- Él me había convertido en un templo de la vida.
- Él ya amaba al diminuto ser que se alojaba en mi interior, del que yo aún no sabía nada, ni siquiera sin era niño o niña.
- Él ya había escogido, con todo su amor, a esa nueva personita, y eso la convertía automáticamente en un ser privilegiado y único.
- Él ya sabía para qué lo había creado, cuál será el papel que va a desempeñar en el mundo. Y eso le hacía muy especial.
Y todos estos sentimientos me hicieron tener la certeza de que cada vida es un REGALO, el mayor de los regalos. Porque cada vida entra a formar parte del plan salvador de Dios y para ello nos ha hecho tal y como somos a cada uno de nosotros: únicos e irrepetibles.
Así las cosas, me di cuenta del gran honor que tenemos las mujeres que vivimos la maternidad: podemos VER A DIOS en lo que sucede dentro de nosotras. ¿Es posible sentirlo de una manera más íntima?
Tras dar a luz, nuestra vida se transforma, nuestro pequeño o pequeña, pasa a ocupar toda nuestra existencia, eso a veces nos agobia o nos pone nerviosas, pero, sin lugar a dudas, es la mejor de las experiencias. Porque con el paso de los días, de los meses, te das cuenta de que te has transformado por completo y es entonces cuando descubres lo que es el verdadero Amor: aquel que se da por completo sin esperar recibir absolutamente nada a cambio, ya que de esa pequeña personita que acaba de nacer, nadie puede esperar recibir nada aún… ¿o tal vez sí?
Amas y entregas tu cuerpo y tu vida por completo, sin esperar recompensas. Pero... siempre se recibe algo. Y yo, recibí la certeza de que Dios habitaba en lo más pequeño, en la sencillez de un ser tan indefenso que nos necesitaba a cada segundo.

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