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El Sacramento del Amor



Seguramente, todos hemos pasado o estamos pasando por la experiencia de estar alejados físicamente de alguien a quien amamos: padres, hijos, nietos, amigos, incluso algún amor.

Precisamente esa experiencia es la que un día hizo que me diera cuenta de la grandeza de la Eucaristía.

Si nos ponemos en el lugar de Cristo, en la última Cena, uno se maravilla ante la fascinante solución que ideó para que nunca estuviéramos separados de Él a pesar de su partida. Ni siquiera inventos tan extraordinarios para facilitar la comunicación entre personas que están distanciadas como son los teléfonos móviles o incluso, Internet, han podido superar a la institución de la Eucaristía.

¡Cuánto debe de amarnos Cristo para idear algo así!

Con dos alimentos básicos y cotidianos en la vida del pueblo, pan y vino, Él hizo el milagro de quedarse con nosotros, de una forma íntima y permanente, tan íntima que entra en nuestro interior como un alimento, y tan permanente que con ello Él estará con nosotros "Todos los días, hasta el fin del mundo".

Ésa es una de mis citas preferidas de los Evangelios. Saber que no quedamos desamparados ni en soledad tras la partida de Jesús hacia el Padre, reconforta y da sentido a nuestra vida cristiana.

Nuestra fe no es en un Dios muerto sino en un Dios vivo que, además, ha decidido quedarse a vivir dentro de nosotros.

Los cristianos debiéramos considerarnos privilegiados por disfrutar de la Eucaristía tantas veces como deseemos. Debería ser un sacramento presente de manera constante en nuestras vidas.

Recuerdo el momento de mi primera comunión, en un primer instante sufrí una gran decepción, creía que el pan consagrado debía saber de una manera diferente, ser más dulce, porque si se había convertido en el cuerpo de Cristo eso tenía que darle un sabor especial. Pero no era así, Dios actúa con formas más sutiles y profundas. Inmediatamente me di cuenta de ello porque comencé a llorar de emoción ante la presencia de Jesús dentro de mí.

Cada vez que me acerco al sacramento de la Eucaristía siento una calidez, una seguridad y protección que me invaden y dan fuerzas. Más aún ahora que sé que con cada comunión, Jesús, además, va a hacer una visita a la pequeña que llevo dentro. No en vano se dice que la Eucaristía es el alimento del alma.

El ser humano, desde siempre, se ha esforzado por acercarse lo máximo posible a la divinidad con todo tipo de ritos y cultos. En el caso de los cristianos, sabemos que ha sido el mismo Dios quien ha querido acercarse a nosotros y lo ha hecho de una forma tan íntima y extraordinaria que podemos hasta comerlo.

Por todo ello debemos agradecer a Dios su gran generosidad y amor. Cuando Jesús decidió entregarse no lo hizo de una sola vez en la Cruz. Él se sigue entregando cada vez que celebramos la Eucaristía, por eso, es el Sacramento del Amor. Un sacramento que debe llevarnos a amar todos los demás de la forma que Él nos pidió:: “Amaos unos a otros como yo os he amado” y se podría añadir, “Como yo os sigo amando”.

Él mismo se hace don, se nos entrega, una y otra vez. Sin tener en cuenta nuestros desprecios, ni rechazos, ni abandonos.

El Beato Manuel González, quien fuera obispo de Palencia, nos invitaba con insistencia a visitar el Sagrario y al Santísimo: “Ahí está Jesús, ahí está. ¡No dejadlo abandonado!” Él supo entender y sentir muy bien la presencia de Jesús en la Eucaristía.

Una presencia a la que deberíamos sentirnos fuertemente unidos. Sólo así seremos capaces de mantener encendida nuestra luz de cristianos, de hacer que nuestra sal no se vuelva sosa.


Escuchar audio: El sacramento del amor

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