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UNA CLASE DIFERENTE

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La mirada de Dios

El 4 de abril de 2004, ya de noche, asistí con gran respecto y expectación al estreno en España de la Película de Mel Gibson “La Pasión de Cristo”. Fuera de las polémicas levantadas por ella en todo el mundo, yo quedé admirada de algo excepcional: LA MIRADA DE CRISTO
Si uno ve más allá de las heridas y laceraciones en el cuerpo de aquel actor que representaba a Cristo y se fija en su mirada, comprobará cómo transmite todo un mundo de amor, comprensión, fidelidad, ternura, aceptación.
Y desde entonces, yo me pregunté: ¿Cómo será la verdadera mirada de Dios?
¿Cómo miró Jesús al joven rico, aquel que se dio la media vuelta entristecido porque Jesús le pedía demasiado?
¿Cómo miró Jesús a sus discípulos que estaban aterrados por la tormenta que azotaba su barca en el mar de Galilea cuando les preguntó: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Es que aún no tenéis fe?”?
¿Cómo miró Jesús a la mujer adúltera cuando le dijo: “Yo tampoco te condeno”?
¿Cómo miró Jesús a la mujer samaritana cuando le dijo: "Si conocieras el don de Dios”?
¿Cómo miraba Jesús a su madre desde la cruz?
¿Cómo miró Jesús a Pedro cuando le preguntó: “Me amas”?
¿Cómo miró a los niños que correteaban a su alrededor, que se acercaban y jugaban con él? Los más pequeños sí supieron descubrir la grandeza de la mirada de Jesús, por eso no podían dejar de correr hacia Él a pesar de que los mayores insistían en que lo dejaran tranquilo. Porque cuando somos niños sí sabemos mirar, con el paso de los años se nos va olvidando darnos cuenta de las cosas magníficas que a cada momento pasan a nuestro lado.
Sólo observando la inocencia y la capacidad de admiración de un niño uno puede ver lo mucho que los adultos nos estamos perdiendo porque nos hemos olvidado de mirar.
¿Cómo alguien fue capaz de escapar a la mirada de ese hombre, una mirada llena de puro DON? Su mirada tenía, sin duda, que llenar el alma de un soplo de aire fresco, al principio dejaría sin respiración, luego traería consigo una ráfaga de luz y alegría imposibles de olvidar. ¿Cómo pudo haber alguien que no supiera ver en Cristo esa mirada de DIOS?
Tras estas reflexiones, cada vez que asistía a la Eucaristía y llegaba el momento de la Consagración del Pan y del Vino, yo me quedaba extasiada imaginando cómo sería la verdadera mirada de Jesús en ese momento de entrega absoluta, sin condiciones, sin esperar recibir nada a cambio, durante la Última Cena.
Luego, como si me volviera un poco niña otra vez, comenzaba a descubrir a mi alrededor miradas de Dios por todos lados: en las risas cristalinas de los más pequeños, en la mirada de aquellos que sólo buscan amabilidad y agradecen una sonrisa como el mayor de los regalos, en la de aquellos que lo están pasando mal por diversas situaciones de la vida y ven un poco de luz en tus gestos y palabras, en los amigos que vienen a visitarte cuando estás enferma. Miradas de Dios en el anochecer naranja del otoño, en los campos verdes de primavera, en el rayo de sol que se cuela entre nubes negras. Miradas de Dios en las caras de aquellos a los que amas. Miradas de Dios…
La clave está en aprender a mirarlo todo como si fuera la primera vez que lo vemos, como cuando éramos niños. Es entonces cuando Dios se nos descubre de manera sorprendente e infinita.
Mis alumnos me preguntan muchas veces cómo es el Cielo, y esperan que les dé una descripción detallada del ritmo de vida que allí se lleva, de las estancias, del clima, de las diversiones, de las relaciones personales...
Pero si, una sola vez en nuestra vida, vemos la mirada de Dios, podremos averiguar cómo es el Cielo: una mirada de Dios que durará para siempre.

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