Mi mayor bendición
Si hay una frase que me impacta sobre manera es la de la Madre Teresa de Calcuta: “No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar”.
Ya dediqué una de mis reflexiones a hablar de la unidad entre los católicos, pero deseo retomar ese tema porque me duele mucho ver cómo, entre nosotros, no obramos como Jesús nos pidió.
Escucho en los ataques externos a la Iglesia que estamos divididos y deseo creer que nuestra fe en Jesucristo prevalece por encima de nuestros propios intereses. Pero asisto en numerosas ocasiones a un hecho muy doloroso que es el de tener que escuchar cómo entre los nosotros nos lanzamos acusaciones y nos ponemos etiquetas llamando a unos “progresistas” y a otros “conservadores” con la clara intención de despreciarnos.
Nuestra Iglesia es Católica, y católico significa Universal, por eso considero que estamos haciendo lo contrario a la voluntad de universalidad de Dios, de su mensaje y de su salvación, al ponernos esas etiquetas y crear barreras entre nosotros.
Por desgracia, estas desavenencias y desencuentros no son nada nuevo en la historia de la Iglesia. San Pablo se esforzó en transmitirnos la importancia de permanecer unidos.
Parece que aún está en plena vigencia la exhortación que nos hace en su primera carta a los Corintios: “Yo, hermanos, no pude hablaros como a quienes poseen el Espíritu, sino como a gente inmadura, como a cristianos en edad infantil. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais asimilar. Tampoco ahora podéis, pues seguís siendo inmaduros. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia ¿no es señal de inmadurez y de que actuáis con criterios puramente humanos? Cuando uno dice "Yo soy de Pablo", y otro "Yo soy de Apolo", ¿no procedéis al modo humano? Porque, ¿qué es Apolo y qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales llegasteis a la fe!, cada uno según el don que el Señor le concedió”. (1 Cor 3, 1 – 5)
En la carta a los Romanos, se utiliza una imagen muy pedagógica para describir a la Iglesia: somos el Cuerpo de Cristo. “Porque como en un cuerpo hay muchos miembros y no todos tienen la misma función, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo”. (Rom. 12,4 - 5)
Cada uno de nosotros tenemos diferentes dones, diferentes cualidades, aptitudes o capacidades, según sea el don recibido así deberá ser nuestra función dentro de la Iglesia.
Vuelvo a la primera carta a los Corintios: “Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de actividades, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos” (1 Cor 12, 4 - 7).
Y no debemos considerarnos superiores a los demás, porque nuestra cualidad es un regalo recibido de Dios para el servicio de todos los miembros del cuerpo, ni tampoco debemos criticarnos unos a otros por tener cualidades diferentes: “Aunque hay muchos miembros, el cuerpo es uno” (1 Cor 12,20). No podemos decirnos unos a los otros que no nos necesitamos. Ni andar con envidias o desavenencias.
Todos somos templos de Dios en los que habita el Espíritu Santo, por eso no tenemos que destruirnos unos a otros, porque el templo de Dios es sagrado y nosotros somos ese lugar en donde Él habita. Por eso se nos pide que hagamos lo posible por vivir en paz con todos los hombres. (Rom. 12, 18)
“No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con la fuerza del bien” (Rom. 12, 21)
Es triste que andemos enfrentados en nombre de la verdad porque solo hay una Verdad que es Cristo: Camino, Verdad y Vida. Y Él nos dejó como legado un mandato que nos serviría para que siempre estuviéramos unidos: “Amaos los unos a los otros”.
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Llevo unos meses haciendo un curso de formación dirigido a los profesores de religión y uno de los temas que hemos tratado es el de la Iglesia.
Ante ciertos acontecimientos recientes que han sido bastante difundidos y otros menos conocidos pero demasiado habituales en la vida nuestra Iglesia, deseo hacer hoy una reflexión sobre una de las cuestiones que hemos visto en el curso: la "Espiritualidad de la Comunión".
San Pablo nos regaló una imagen preciosa de la Iglesia: ella es el Cuerpo de Cristo. Cristo es cabeza de la Iglesia y todos los que formamos parte de ese cuerpo, somos sus miembros.
Con esta imagen es fácil sacar conclusiones muy claras:
- Como en el cuerpo, cada miembro tiene una función muy concreta y diferente a la del resto de miembros.
- Todas las funciones son importantes, o ¿acaso no se resiente el cuerpo si falla cualquier función por insignificante que pueda parecernos?
Es por esto por lo que en la Iglesia debemos aprender a vivir la Espiritualidad de comunión, ya que la lucha interna de unos miembros contra otros sólo consigue hacer que se resienta todo el cuerpo.
Pero, ¿qué es exactamente la Espiritualidad de comunión?
La Espiritualidad de comunión es sentir en nuestro interior el misterio de la Trinidad, que es la unión amorosa del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y trasladar a nuestro vivir cotidiano y a nuestras relaciones con los demás ese amor que nos une de una forma auténtica, en la que cada uno mantenemos nuestra propia identidad pero, a su vez, hacemos de nuestra vida un reflejo de la misericordia de Dios, sufriendo con el hermano que sufre, gozando con el que goza, estando pendiente de sus necesidades para poder atenderlo desinteresadamente. Así es como Dios nos ama.
La espiritualidad de la comunión es, por tanto, vivir rechazando constantemente la tentación del individualismo, del egoísmo, del orgullo.
Respetar y apreciar la función de los otros miembros.
Olvidarnos de la competitividad en la que estamos inmersos, cambiar nuestro ritmo de “carrera” por el de “marcha” durante la cual se acompaña, se apoya, se dialoga, nos interesamos por el otro. Poniendo mucho cuidado y todo nuestro empeño por hacer las cosas lo mejor posible ya que van dirigidas a los demás, que son hermanos nuestros y a los que estamos unidos por una misma cabeza, un mismo Dios que nos ama y nos enseña a amar. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida”.
La espiritualidad de comunión debería ser el principio educativo en todos los lugares donde se forma al ser humano y, en concreto, al cristiano, tanto en la Iglesia (parroquia, seminarios, grupos de jóvenes...), como en la escuela y en la familia.
Es muy importante que se eduque en esta espiritualidad para poder empezar a vivirla en todos los ambientes.
El otro día, una amiga se quejaba de que estamos fomentando desde la escuela, desde las familias, desde los medios de comunicación, un estilo de vida pasivo en el que quien más se aprovecha del esfuerzo y del trabajo de los demás, más gana.
Frente a este estilo de vida, los cristianos debemos fomentar la espiritualidad de la comunión, para hacer de las nuevas generaciones gente responsable, que trabaja y se esfuerza y, también, que ayuda a los demás a alcanzar sus propias metas.
Poco antes de nacer mi hija hubo una persona que me dijo: “¡Pobrecita!¡A qué mundo va a venir!”. En un primer casi le doy la razón, sin embargo enseguida caí en la cuenta de que habría sido un error lamentarme con ella, así que le contesté: “Precisamente por eso debemos enseñarle a mejorarlo”.
Parece una utopía pero es bueno luchar por alcanzar esta espiritualidad para que los cristianos podamos seguir transformando el mundo, como así ha sido desde hace dos mil años.
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Hace unas semanas, recibí, de un buen amigo, en mi buzón de correo electrónico, la reflexión que hacía una mujer, madre de familia, sobre su labor cotidiana.
Madres, padres, personas que nos dedicamos a la educación o a la atención de otras personas en general, sentimos muchas veces la tentación del desaliento, sentimos que somos invisibles y que nuestro esfuerzo constante y cotidiano no es percibido ni valorado por los demás como merece serlo.
Sin embargo, tenemos que asumir que nuestra tarea no es la de recoger frutos, sino la de sembrar, sembrar y sembrar. Sin desfallecer.
Cuando nos aceche el desaliento podemos pararnos a contemplar alguna de las hermosas catedrales que cada uno de nosotros tengamos más cerca. Los autores de estas grandes Catedrales de toda Europa son un buen ejemplo, ellos terminaron sus obras sin saber que los demás notarían y admirarían su trabajo.
Ellos trabajaron día tras día. Algunas catedrales tardaron más de 100 años en terminarse, y eso es más tiempo que toda la vida de trabajo de una persona. Aún así, ellos hicieron sacrificios personales sin esperar recibir nada a cambio. Entregaron su vida a un trabajo, un magnífico trabajo, que nunca verían finalizado. Se desgastaron en una obra en la que nunca figuraría su nombre.
Un escritor dijo que jamás una gran Catedral volverá a ser construida, porque muy poca gente está dispuesta a sacrificar su vida de esa forma. Sentimos el oculto anhelo de destacar sobre los demás, de ser reconocidos, de ser admirados por nuestros actos por muy insignificantes que éstos sean.
Sentimos el deseo de no quedar en el olvido. Tenemos miedo al anonimato, miedo a que no se nos recuerde cuando salgamos de este mundo. Miedo a que no quede constancia de nosotros en la Historia.
Supongo que, en parte por ese miedo, nos hemos lanzado a la carrera de conseguir una fama tan fácil como fugaz a través de las redes sociales o de ciertos programas de televisión.
En parte por ese miedo nos cuesta tomar la decisión de actuar sin recibir a cambio algún tipo de recompensa.
Sin embargo, debemos darnos cuenta de la grandeza de lo que estamos construyendo cuando nadie lo ve. Cuando, aparentemente, nadie lo nota. Debemos poner cuidado en cada detalle, actuar con dulzura y delicadeza, también con una fuerte convicción en la necesidad de poner todo nuestro empeño por hacer las cosas lo mejor posible. Y mantener la confianza en que Dios sí lo ve, porque Él lo ve todo.
Dios nos está diciendo: “Yo te veo, no eres invisible para mí. Ningún sacrificio es tan pequeño como para que yo no lo note. Veo cada cosa que haces, cada pequeño esfuerzo, cada pequeño sacrificio, cada entrega de tu tiempo a los demás, cada lágrima de decepción cuando las cosas no salen como tú quieres que salgan. Pero recuerda: estás construyendo una gran Catedral, que no será terminada durante tu vida, y lamentablemente no vivirás para verla allí, pero si la construyes bien, yo sí lo haré”.
Nuestro anonimato, nuestra invisibilidad es la cura de la enfermedad de nuestro egocentrismo, el antídoto de nuestro propio orgullo. Está bien que los demás no vean, está bien que no sepan, está bien que no admiren.
A pesar de que otros no perciban nuestros actos, debemos ser conscientes de que todo lo que hagamos tendrá una repercusión, mejor o peor, de mayor o menor importancia.
Por eso, tenemos que rezar para que nuestras obras sean fructíferas y se mantengan como monumentos para Dios.
En realidad, nuestro trabajo y también nuestro sacrificio son para Dios.
Una de las cosas que me ha resultado más curiosa durante estos días en los que mucha gente valiente ha dado la cara por defender el derecho a la vida ha sido que muchos, inmediatamente, han identificado esas posturas con las creencias católicas. Así es. Muchos somos cristianos católicos. Pero no somos los únicos. La vida es un valor fundamental y de ello estamos convencidos personas con distintas culturas y credos, e incluso mucha gente no creyente.
Sin embargo, para nuestra fe católica, el valor de la vida y de la dignidad del ser humano es un tema fundamental. La vida y la dignidad nos vienen dadas directamente por Dios y nadie más puede disponer de ellas.
¿Por qué la dignidad de la persona es uno de nuestros principios fundamentales como cristianos?
Son varios los datos que hemos de tener en cuenta:
Teniendo en cuenta todo esto ¿Puede algún cristiano dudar del innegable valor de la vida de las personas?
Otra cosa que me ha chocado mucho es el hecho de que algunos, para declarar su disconformidad con la postura de quienes defienden la vida desde su condición de creyentes católicos, tratan a estos con cierto desprecio y les echan en cara que se posicionen en la defensa de la vida y no por denunciar y solucionar graves situaciones sociales, ni por ayudar a tantos pobres y necesitados que hay en el mundo.
No acabo de entender cómo hay gente que tiene la valentía de atacar la defensa de la vida con argumentos que nada tienen que ver con el tema en cuestión. Ni tampoco entiendo cómo son capaces de esgrimir tales argumentos sin haber hecho ningún tipo de averiguación previa.
Para que no nos acobardemos ante este tipo de ataques. Para que empecemos a ser “católicos sin complejos”, voy a facilitar unos datos que, seguro, sorprenderán a muchos:
En España hay 5.141 centros de enseñanza regidos desde instituciones de la Iglesia católica, con unos 990.775 alumnos. Estos centros suponen un ahorro al Estado Español de 3 millones de euros por centro al año. Es decir 15.423 millones anuales en educación.
Los 107 hospitales que tiene la Iglesia, ahorran anualmente al estado 50 millones de euros por hospital (5.350 millones) y los 1.004 centros de salud (dispensarios, asilos, centros para minusválidos, transeúntes, terminales de sida) con sus 51.312 camas ahorran 4 millones por centro (205.248 millones). En total 210.598 millones anuales destinados a salud y atención social.
Aún hay más, porque a través del trabajo de los voluntarios de Cáritas, Manos Unidas y Obras Misionales Pontificias, millones de euros, salidos de los bolsillos de los católicos españoles, ahorran al Estado español un enorme presupuesto en orfanatos y centros de reeducación social para personas marginadas.
¿Puede ahora alguien atreverse a echar en cara a los cristianos que no nos ocupamos de los problemas de la sociedad?
¿Todavía hay alguien que conozca estos datos y que sea capaz de decir que la Iglesia no se compromete con este mundo nuestro?
Escuchar audio: La Iglesia en cifras
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