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UNA CLASE DIFERENTE

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De la existencia de Dios


Es muy frecuente que mis alumnos me pregunten: “¿Qué pruebas tienes de que Dios exista?”
Reconozco que, por unos instantes, me siento ante un abismo porque no sé muy bien cómo responder de una manera sencilla y clara para ellos.
Pienso que de poco o nada serviría hablarles de las Vías de Santo Tomás de Aquino o cualquier otro tipo de justificación teológica.
Ciertamente no está demostrado científicamente que Dios exista, pero tampoco está demostrado que no exista.
Con la creencia o no en la existencia de Dios sucede lo mismo que con todos los sentimientos, ni el amor, ni la amistad, ni la alegría, ni la tristeza… pueden ser comprobados ni medidos con ningún método científico. Y, sin embargo, están ahí, existen.
Es aquí donde entra en juego la fe. La fe es un sentimiento basado en la confianza, confianza en que algo que no vemos existe y es real. Y, como todo sentimiento, no podemos obligarnos a que surja dentro de nosotros. Por eso consideramos que la fe es un don, un regalo de Dios. Pero sí podemos buscar la fe, buscar respuestas a las preguntas por el sentido de nuestras vidas y por el origen y destino final de las mismas. Jesús nos alentó a buscar sin descanso esa fe que nos llevaría a la plenitud en nuestras vidas: “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán” nos dijo.
Pero lo que realmente hace reflexionar más a mis alumnos es hablarles de experiencias concretas y personales. Así que aprovecho a enumerarles algunos de los muchísimos momentos en los que siento que Dios se ha hecho presente en mi vida.
Sin lugar a dudas, la experiencia con la que siento de manera más radical el sentido de trascendencia de Dios es con el amor.
No en vano, Juan nos dio una de las mejores definiciones de Dios: “Dios es Amor”.
Al poco tiempo de nacer nuestro hijo mayor, Iván, descubrí con bastante claridad la trascendencia del amor. Durante larguísimos minutos me quedaba extasiada mirando sus leves gestos de recién nacido, parpadeos, bostezos, muecas con los labios, los movimientos de sus deditos… sabía que debía empaparme de todo aquello porque esa contemplación tendría un tiempo limitado. Aún hoy, a sus casi tres añitos, sigo quedándome anonadada admirando sus ocurrencias, sus gestos, y todos sus avances. La verdad es que tengo un hijo al que no puedo dejar de besar.
Esa contemplación de mi pequeño me llevó a una reflexión muy clara: amaba con total intensidad y entrega a esa criatura que Dios había puesto en nuestro hogar, pero sabía que no es de mi propiedad ni que duraría para siempre la etapa en la que habría que cuidarlo a cada segundo. Sabía que algún día nos tendríamos que separar, sé que algún día diremos adiós a esta vida que conocemos.
Entendí que no era posible que aquel amor tan intenso pudiera acabar nunca, ni siquiera con la mayor de las separaciones, que es la muerte. No podía creer que aquel sentimiento pudiera llegar a tener un punto final, porque entonces, dejaría de ser tan perfecto como yo sabía que es.
De ahí a creer en Dios como ser eterno e infinito sólo hay un paso. Si yo era capaz de sentir algo así… ¿¡cómo sería Aquel que me había creado!? Comprendí de una forma muy clara el sentido de trascendencia de un ser que ha existido y que existirá siempre, de un ser que ha querido que cada uno de nosotros estemos en este mundo, de un ser que nos ama por encima de todo y que garantiza que sentimientos tan puros y tan intensos como el amor que siento por nuestro hijo, duren para siempre, en esta vida y en la que vendrá después gracias a la Salvación que Dios obró en nosotros con la muerte y resurrección de Jesús.
Todo aquel que viva la paternidad, la maternidad, tendrá el privilegio de acercarse a la Trascendencia de un modo muy especial.
La entrega y el amor a nuestro pequeño Iván no puede pasar, ni acabarse, me niego a creer que tras nuestra muerte no queda nada, porque… ¿A dónde irían los miles de besos y caricias que damos a nuestro hijo ni las carcajadas con las que tanto disfrutamos? ¿A dónde irían todos los esfuerzos, entregas y sacrificios que hemos hecho en nuestra vida por amor a los demás? ¿A dónde irían las ilusiones, los sueños, las alegrías y las tristezas que van formando nuestra historia personal? Me niego rotundamente a creer que todo eso tendrá un punto final. Que no tendrá una repercusión más allá de esta vida.
Y es que, el ser humano siempre ha tenido ansias de infinito, seguramente porque hemos sentido que no podía terminarse nunca tanto Amor como hemos vivido y seguimos viviendo.

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