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UNA CLASE DIFERENTE

TEMPORADA 2 UNA CLASE DIFERENTE 21(temp 2) Nos acompaña Rebeca Díez Gutiérrez, compañera, profesora de religión de Educación Infanti...

No se han ido del todo

En mi última reflexión hacía referencia a que el amor es un sentimiento trascendente capaz de superar las fronteras de la muerte. Esa misma noche a mi abuela le daba un neurisma cerebral y cuatro días más tarde nos dejaba, también, en medio de la noche.
Es una sensación dolorosamente extraña observar el cuerpo una persona que ha estado presente en tu vida desde tus primeros recuerdos, inerme, sin el más leve movimiento, sin el más mínimo aliento tras varias horas de lucha, de despedida. Es sorprendente cómo nos hemos acostumbrado tanto a la vida que ya no la apreciamos ni valoramos en toda su grandeza… hasta que se va.
Un buen amigo a quien recientemente le falleció su madre decía que la grandeza de una persona no se mide por su tamaño sino por el vacío que deja cuando se va. No le falta razón.
Mi abuela era una mujer de gran envergadura, pero el vacío que deja al marcharse es mucho mayor. ¡Cómo cuesta despedirse de un ser amado y afrontar el inmenso vacío que deja tras su marcha! Tantos recuerdos, tantos momentos importantes en tu vida, tantas experiencias, tantos gestos de cariño y de preocupación, tantas enseñanzas…
En momentos así, humanamente sólo cabe una desesperación apenas contenida gracias a tantas muestras de cariño y de apoyo por parte de todos aquellos que te aprecian y desean ser un consuelo en medio del desconsuelo. Indudablemente, el acompañamiento de tantos amigos y familiares que, con su presencia, te transmiten su afecto, ayuda y reconforta enormemente.
Pero no es suficiente, porque el vacío que deja la muerte de alguien al que siempre has querido y que siempre ha estado ahí es tan inmenso que no caben soluciones humanas.
Ante la muerte, ante la despedida de un ser querido sólo una cosa hace que sigamos respirando sin que nos duela a cada rato y ésa es la Fe.
Fe en que esto no es el final, porque volveremos a verlos, a disfrutar con ellos, y esa vez será sin las limitaciones que nuestra vida aquí nos impone… o dejamos que nos imponga.
Fe en que todo queda arreglado, ya no existen los malentendidos porque desde el mismo instante en que ellos terminan su vida en el mundo que conocemos, ya pueden entender como nunca nuestro interior, nuestras angustias y luchas, nuestras limitaciones y grandezas, y todo eso, podremos compartirlo algún día con ellos nuevamente. Porque una de las cosas que más desesperan ante la muerte de un ser querido es pensar que hay ciertos puntos que no han quedado aclarados, que no hemos podido demostrarlos cuánto nos importaban o cuánto los necesitamos, pero la fe nos da la confianza en que todo se resolverá cuando volvamos a encontrarnos, juntos ante la presencia de Dios. Esa seguridad da una serenidad y una paz imprescindible para afrontar el dolor de la despedida.
Fe en que ellos, los que se han ido, están en un lugar mejor, sin duda, disfrutando una felicidad plena gracias a la contemplación maravillosa de Aquel que los ha creado y amado con locura.
Fe, también, en que, tras su partida, podemos mantener con ellos una unión que supera las fronteras entre muerte y vida, porque sentimos su presencia y su acompañamiento desde otra dimensión más auténtica, más profunda, más espiritual. Porque no se han ido del todo, si aún pensamos en ellos y los mantenemos en nuestro corazón.
Siento que debe ser terrible afrontar esta experiencia tan inevitable como dolorosa sin fe, sin la esperanza de que volveremos a encontrarnos, sin la serenidad que da el saber que aquellos que se han ido han cumplido ya su misión y ahora están disfrutando de la resurrección que Cristo nos prometió.
Gracias a esta fe, uno es capaz de “dar la vuelta a la tortilla” y pensar, no en aquello que ahora nos falta sino en todo lo que pudimos tener mientras estas personas vivieron a nuestro lado. Gracias a esta fe nos sentimos privilegiados por haber compartido nuestra vida con esas personas, haber podido aprender tanto de ellas y haber recibido tanto amor por su parte.
Gracias a esta fe, uno puede mirar el cuerpo inerme de la persona a la que quiere, con lágrimas en los ojos pero una sonrisa serena en el alma que se llena de luz ante la presencia de alguien que ya alcanzó “el paraíso”.




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