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UNA CLASE DIFERENTE

TEMPORADA 3  UNA CLASE DIFERENTE 1 (temp 3) Viajamos a Santo Toribio de Liébana con alumnos de 1º ESO, acaban de aterrizar en el I...

Autores de Catedrales


Hace unas semanas, recibí, de un buen amigo, en mi buzón de correo electrónico, la reflexión que hacía una mujer, madre de familia, sobre su labor cotidiana.

Madres, padres, personas que nos dedicamos a la educación o a la atención de otras personas en general, sentimos muchas veces la tentación del desaliento, sentimos que somos invisibles y que nuestro esfuerzo constante y cotidiano no es percibido ni valorado por los demás como merece serlo.

Sin embargo, tenemos que asumir que nuestra tarea no es la de recoger frutos, sino la de sembrar, sembrar y sembrar. Sin desfallecer.

Cuando nos aceche el desaliento podemos pararnos a contemplar alguna de las hermosas catedrales que cada uno de nosotros tengamos más cerca. Los autores de estas grandes Catedrales de toda Europa son un buen ejemplo, ellos terminaron sus obras sin saber que los demás notarían y admirarían su trabajo.

Ellos trabajaron día tras día. Algunas catedrales tardaron más de 100 años en terminarse, y eso es más tiempo que toda la vida de trabajo de una persona. Aún así, ellos hicieron sacrificios personales sin esperar recibir nada a cambio. Entregaron su vida a un trabajo, un magnífico trabajo, que nunca verían finalizado. Se desgastaron en una obra en la que nunca figuraría su nombre.

Un escritor dijo que jamás una gran Catedral volverá a ser construida, porque muy poca gente está dispuesta a sacrificar su vida de esa forma. Sentimos el oculto anhelo de destacar sobre los demás, de ser reconocidos, de ser admirados por nuestros actos por muy insignificantes que éstos sean.

Sentimos el deseo de no quedar en el olvido. Tenemos miedo al anonimato, miedo a que no se nos recuerde cuando salgamos de este mundo. Miedo a que no quede constancia de nosotros en la Historia.

Supongo que, en parte por ese miedo, nos hemos lanzado a la carrera de conseguir una fama tan fácil como fugaz a través de las redes sociales o de ciertos programas de televisión.

En parte por ese miedo nos cuesta tomar la decisión de actuar sin recibir a cambio algún tipo de recompensa.

Sin embargo, debemos darnos cuenta de la grandeza de lo que estamos construyendo cuando nadie lo ve. Cuando, aparentemente, nadie lo nota. Debemos poner cuidado en cada detalle, actuar con dulzura y delicadeza, también con una fuerte convicción en la necesidad de poner todo nuestro empeño por hacer las cosas lo mejor posible. Y mantener la confianza en que Dios sí lo ve, porque Él lo ve todo.

Dios nos está diciendo: “Yo te veo, no eres invisible para mí. Ningún sacrificio es tan pequeño como para que yo no lo note. Veo cada cosa que haces, cada pequeño esfuerzo, cada pequeño sacrificio, cada entrega de tu tiempo a los demás, cada lágrima de decepción cuando las cosas no salen como tú quieres que salgan. Pero recuerda: estás construyendo una gran Catedral, que no será terminada durante tu vida, y lamentablemente no vivirás para verla allí, pero si la construyes bien, yo sí lo haré”.

Nuestro anonimato, nuestra invisibilidad es la cura de la enfermedad de nuestro egocentrismo, el antídoto de nuestro propio orgullo. Está bien que los demás no vean, está bien que no sepan, está bien que no admiren.

A pesar de que otros no perciban nuestros actos, debemos ser conscientes de que todo lo que hagamos tendrá una repercusión, mejor o peor, de mayor o menor importancia.

Por eso, tenemos que rezar para que nuestras obras sean fructíferas y se mantengan como monumentos para Dios.

En realidad, nuestro trabajo y también nuestro sacrificio son para Dios.


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Hombre y mujer los creó

En las noticias aparecen día tras día casos de mujeres que han muerto a manos de sus parejas o ex parejas. Es una auténtica barbaridad que alguien considere que tiene en propiedad la vida de otro y decida acabar con ella. Pero todos los casos de violencia deben ser considerados igual de graves: cuando un hombre la ejerce hacia una mujer, cuando una mujer la ejerce hacia un hombre, cuando un adulto la ejerce hacia un bebé o cuando se ejerce hacia una persona enferma o anciana.

En las noticias utilizan un nombre para designar estos sucesos de mujeres asesinadas a manos de sus parejas: “violencia de género”. Cada vez que escucho ese término me revuelvo por lo que implica.


Sé que voy a entrar en el terreno de lo políticamente incorrecto pero creo que es bueno hablar, aunque sea brevemente, de en qué consiste la ideología de género para que podamos posicionarnos ante una ideología que va calando cada vez más en la sociedad y que, además, está considerada como algo positivo por parte de la opinión pública.


La ideología de género parte del presupuesto de que el sexo, masculino o femenino, en los seres humanos es algo accidental y éste no debe condicionar nuestro posterior desarrollo. Según esta ideología ser hombre o mujer no es un hecho natural sino que es cultural. Los ideólogos del género defienden que cada uno ha de “construirse” su propia sexualidad. Esta construcción es lo que denominan género. Y para liberar a los individuos de las ataduras impuestas por la naturaleza, la ciencia y el derecho pueden ayudar a cualquiera a definir el género que cada uno quiera para sí. La cirugía y las inyecciones hormonales pueden transformar a cualquiera en varón o mujer.


Y como nuestra naturaleza sexuada en la que creíamos ya no existe, podremos escoger lo que más nos apetezca. Por lo tanto ahora no hay dos sexos, sino que lo correcto será hablar de cinco géneros a elegir: masculino, femenino, homosexual, bisexual o transexual.


Como consecuencia del anterior postulado, hombres y mujeres somos iguales, idénticos. Hablar de diferencias entre ambos sexos se considera un escándalo porque las diferencias no surgen de la naturaleza distinta entre ambos sexos sino de una cuestión meramente cultural. Y aquí es donde se han hecho múltiples especulaciones acerca de cómo esa igualdad entre hombres y mujeres se ha perdido por culpa de las costumbres, las tradiciones y las culturas, por supuesto machistas, que han tenido a la mujer sometida al cuidado de la familia mientras el hombre marchaba a trabajar fuera de casa. De todo esto se ha culpabilizado a la tradición judeo cristiana, como si en otras culturas o religiones no hubiera habido injusticias hacia las mujeres a lo largo de la historia.


Con la ideología del género, lo que Marx denominaba “luchas de clases” se ha convertido en “lucha de sexos”, y ahora es el varón quien sale peor parado porque es considerado un estorbo que limita la libertad de la mujer, un torpe que no sabe trabajar en más de una cosa cada vez, un inconstante que cae fácilmente en la infidelidad. Con esta publicidad ¿qué mujer joven quiere ya comprometerse con un hombre de por vida?


De la ideología de género podríamos hablar durante horas, pero vistas las teorías anteriores con un poco calma y racionalidad podemos concluir que son un auténtico disparate.


Por naturaleza, desde el mismo instante de nuestra concepción ya está fijado nuestro sexo, masculino o femenino. Los cromosomas X e Y crean una naturaleza, una fisiología y un cuerpo de mujer o de varón. Esa es la herencia de la que partimos y que en la vida, la educación nos ayuda a plenificar. (es que tampoco se puede decir que la naturaleza nos determina completamente) Tengo un hijo y una hija y puedo comprobar claramente las diferencias entre ambos antes de que yo hubiera podido condicionarlos culturalmente.


Hombre y mujer somos distintos, ¡Claro que sí! Al contrario de lo que ahora se opina ¡Es una riqueza que seamos distintos! Hemos sido creados diferentes para podernos complementar. La supuesta igualdad entre hombre y mujer nos empobrece a todos. Igualdad sí, pero en Dignidad y derechos.


El Génesis lo explica muy bien: “Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó”.


Hombre y mujer, en unión, son imagen de Dios, no cada uno por separado.

Deseo señalar, por último, que debido a esta ideología de género la maternidad es considerada como una carga para la mujer, de ahí surge la defensa del aborto por el supuesto “derecho a elegir”.


Bajo mi experiencia como mujer y como madre, que seguro comparto con otras muchas mujeres, he de señalar que la maternidad es uno de los mayores dones que se nos ha otorgado, por naturaleza, a la mujer. Y que cuidar de la familia no debería estar considerado como una sumisión al esposo ni como una labor menos digna que el trabajo fuera del hogar. Al contrario, cuidar de la familia, del marido y de los hijos, es la tarea más hermosa que hay y, además, aquella con la que realmente podremos transformar el mundo.

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