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UNA CLASE DIFERENTE

TEMPORADA 2 UNA CLASE DIFERENTE 21(temp 2) Nos acompaña Rebeca Díez Gutiérrez, compañera, profesora de religión de Educación Infanti...

¡No tengáis miedo!



La necesidad de seguridad está catalogada como una de las necesidades humanas.

Cualquier acontecimiento que suponga un cambio en nuestra vida produce una tensión o un miedo ante lo desconocido. ¡Es tan humano sentir miedo! ¡Es tan humano que nos duela el miedo!

Sentimos miedo, por supuesto, cuando suceden hechos imprevistos, cosas que llegan de golpe y sin avisar, más aún cuando apreciamos que son hechos negativos. Nos aterra tener que enfrentarnos a la enfermedad propia o de algún ser querido, quedarnos sin empleo, el fallecimiento o la desaparición de alguien a quien amamos. Cuando escucho en los informativos o me cuentan mis amigos las tristes noticias de este tipo de sucesos me encojo, siento miedo, miedo por ellos, me pregunto cómo serán capaces de sobreponerse a una situación tan complicada y miedo por mí, casi hasta huyo de pensar en que pueda sucederme algo similar. Son dramas a los que nadie deseamos tener que enfrentarnos.

Es más, aunque esos cambios los consideremos positivos en nuestras vidas o incluso los hayamos elegido nosotros mismos y sean la respuesta a una vocación concreta: un cambio de trabajo, un nuevo hogar, la llegada de una nueva vida…, Aunque la ilusión nos ayude a mirar hacia delante con optimismo y entusiasmo, también hay un espacio para el “vértigo”, miedo a que la nueva situación pueda superarnos en algún momento. Es una semilla de inseguridad que no debiéramos dejar crecer.

Al principio de curso hacemos en clase con los alumnos más pequeños una sencilla actividad en la que les pregunto qué cualidad consideran que no poseen y les gustaría alcanzar. Muchos de ellos me han respondido: la seguridad.

El miedo nos paraliza, nos hace sufrir, nos cambia el humor. El miedo hace que reaccionemos de forma dolorosamente defensiva. El miedo hace que nos enfademos, que nos rebelemos, que gritemos, que lloremos angustiados.

El temor ante lo desconocido es algo que me ha preocupado mucho a lo largo de mi vida. Creo que el miedo surge por el hecho de no considerarnos capaces de poder afrontar determinadas situaciones.

Por eso, uno de mis pasajes preferidos del evangelio de Lucas es éste:
“¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones.”

Es fascinante pensar que Dios nos acompaña cada segundo, que nada sucede sin que Él esté ahí, disfrutando con nosotros o llorando a nuestro lado. Sentir su presencia nos da esa seguridad que necesitamos, la seguridad de que Él nos dará la sabiduría necesaria para poder afrontar lo que venga, con serenidad y fortaleza.

"¡No tengáis miedo!" fueron también las primeras palabras que escogió Juan Pablo II cuando inauguró su pontificado el 22 de octubre de 1978 y las lanzó al mundo entero, sorprendiéndole, desde la Plaza de San Pedro en el Vaticano.
Benedicto XVI, a su llegada a Barajas el pasado verano nos dio otro mensaje que iba en la misma dirección: “Yo vuelvo a decir a los jóvenes, con todas las fuerzas de mi corazón: que nada ni nadie os quite la paz; no os avergoncéis del Señor. Él no ha tenido reparo en hacerse uno como nosotros y experimentar nuestras angustias para llevarlas a Dios, y así nos ha salvado”.
Jesús afrontó la realidad del mal a lo largo de toda su vida. Luchó contra el mal provocado por la injusticia de las personas, curó sufrimientos del cuerpo y del espíritu y, lo más importante, experimentó nuestro propio sufrimiento (cansancio, dolor, hambre, sed, malestar físico) al encarnarse y hacerse uno más de nosotros.

Pero también llegó a experimentar la injusticia en su propia carne, una condena injusta le llevó a la cruz donde compartió con nosotros la experiencia más radicalmente humana: la muerte.

En Jesús encontramos a un Dios que se hace hombre para compartir nuestra propia existencia, pero no se detiene ahí. Tras la muerte viene la resurrección, la victoria de Jesús sobre el mal y el dolor.

Los cristianos, cada vez que sufrimos debemos sentirnos acompañados por Jesús resucitado. También nosotros estamos llamados a la victoria final frente al mal y el dolor.


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Vocación de educar



Vocación es una palabra que proviene del latín y significa llamar. “Muchos son los llamados y pocos los elegidos” nos indicaba Jesús según el evangelio de S. Mateo.


Y, es que, el ser humano se siente llamado pero él es libre de responder a esa llamada de forma positiva o no.


Educar es una palabra que también proviene del latín y significa “guiar” o “sacar fuera las mejores potencialidades que tiene una persona”.


A penas llevo seis años dando clase y cuatro como madre, no he estudiado nunca psicología evolutiva ni pedagogía y a penas se me ha enseñado en algunos cursos la didáctica. Desde luego no soy ninguna voz autorizada en materia de educación.


Pero sí tengo claro que estoy llamada a educar. Cada nuevo curso reafirmo mi vocación de profesora, a cada instante reconozco mi vocación como madre.


Simplemente por ello, cometeré el atrevimiento de hablar hoy de educación.


Hay mucha polémica generada en torno a las medidas políticas que se han tomado en los últimos meses y afectan directamente al trabajo de profesores y maestros. En medio de esa polémica escuchamos con frecuencia el término “calidad de enseñanza”.


Yo me pregunto: ¿Qué implica realmente una educación de calidad?


Por supuesto no voy a entrar en batallas políticas ni debates ideológicos. Hoy deseo hablar de la educación desde el lugar del encuentro personal entre el educador y el educando.


Esa relación educador – educando ha variado mucho desde que yo estaba al otro lado, recibiendo la educación y no hace tanto de ello, tan sólo ha pasado una década. Es cierto que ahora, ni el respeto ni la autoridad es un valor intrínseco a quienes nos dedicamos a la enseñanza porque el concepto de autoridad se ha ido diluyendo. Se ha tenido tanto miedo a los abusos de una autoridad mal entendida que, en vez de corregir tales abusos, se la ha hecho desaparecer.


Así que ahora, los educadores debemos ganarnos a pulso el respeto a nuestras personas y a nuestra labor.


Estoy descubriendo que educar es todo un arte. No es válido para mis chicos que llegue imponiendo las cosas, hay normas y pautas que deben quedar claras desde el principio, deben ser muy precisas pero serán pocas, porque no aceptan demasiado número de órdenes.


El resto es algo que debemos conseguir a base de mucho esfuerzo y creatividad. Pero, sobre todo, de mucho humor.


Cuando nos ponemos delante de nuestros educandos no podemos permitirnos el lujo de bajar la guardia y dejar que el cansancio del ritmo diario o el malestar por los problemas cotidianos nos influyan. Merecen toda nuestra atención por muy complicado que parezca algunos días.


Y, sinceramente, la única “fórmula” que he encontrado para ser capaces de esto es el AMOR.


Los que profesamos una fe, vemos en cada uno de nuestros chicos el reflejo de Dios, sentimos que son hermosos a sus ojos, desde el más tímido hasta el más díscolo, y eso nos ayuda a poner una barrera a la rutina o inapetencia y dejar fluir la paciencia y la creatividad necesaria para llegar hasta ellos.


Además, las recompensas que recibo son increíbles. Sin lugar a dudas aprendo más de ellos de lo que se puedan imaginar y de vez en cuando recibo muestras de reconocimiento y de cariño que compensan todos los cansancios e inquietudes.


Amar a aquellos que educamos nos dará la capacidad necesaria para formar parte del proceso tan maravilloso en el que se encuentran que es, nada más y nada menos, hacer florecer lo mejor de cada uno, académica y, por supuesto, humanamente. Y esto sí, creo yo, que es la calidad en la enseñanza.


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