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UNA CLASE DIFERENTE

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ULTREIA 3



ULTREIA 3

SEGÚNDA ETAPA

PARTE1
Siete de agosto: mi móvil empieza a vibrar bajo la almohada, son las cinco de la mañana y me he incorporado inmediatamente, como quien tiene una tarea importante que no puede esperar más. La primera noche en un albergue no ha sido tan mala como imaginaba, me costó quedarme dormida un poco más de la cuenta envuelta en pensamientos, inquietudes, ilusiones y… ¡ronquidos! Anoche conocí a una especie de peregrino bastante extendida que aparece sólo a ciertas horas del día: ¡los ronco-grinos!

Llevaba tapones para los oídos pero no quise moverme de mi litera para no despertar al resto. Al final me dormí escuchando música y al compás de cada ronquido.

Estoy ilusionada ante la expectativa de lo que pueda depararnos el nuevo día. Hay peregrinos que están listos y salen al camino, otros siguen en sus literas. Empiezo lo que va a ser como una liturgia al levantarme cada día: preparar los pies para la etapa, guardar el saco, recoger todo, calzarse las zapatillas, comer algo ligero y ¡en marcha!

Me gustan mucho las sensaciones: el aroma del final de la noche, los sonidos del campo, el frescor, las voces susurrantes al despedirnos de los que aún no se han marchado y… ¡Buen Camino! ¡Qué frase más alentadora! ¡Me gusta! Sonrío.

Iniciamos la etapa y pero todavía no ha amanecido. 


Caminamos iluminados por nuestras linternas pero la oscuridad se va transformando en sombras y las sombras poco a poco pasan a ser luz. Cada momento del día tiene su propio encanto. Si el atardecer de anoche fue espectacular, el amanecer de hoy es, simplemente, perfecto. El sol tiñe las nubes de oro y se extiende una suave capa violeta por todo el horizonte que dejamos atrás. Como vamos hacia occidente, el amanecer siempre a estar a nuestra espalda y para disfrutarlo tendremos que parar y girarnos. 

En la lejanía aún se vislumbra Astorga.


Caminados los primeros kilómetros y comienza a molestarme la espalda por el peso de la mochila, los dolores van en aumento. Así que he pensado que quizá sea el momento preciso de escuchar una reflexión para meditar en el Camino. Empiezo a centrarme en algo diferente a mis dolores de cuello y espalda, de pronto dejo de sentir la mochila, es como si de golpe se hubiera adaptado a mi cuerpo.

Pienso en que esto sucede muchas veces en la vida, una vez localizado el dolor, necesitamos dejar de dar vueltas sobre él para que no se enquiste y lograr superarlo.

Habíamos previsto parar a desayunar en mitad de nuestra etapa pero resulta que hemos llegado al pueblo donde está el bar elegido y como es demasiado temprano, está aún cerrado. No encontraremos nada hasta nuestro destino. No hay opción, seguimos adelante, sin desayunar pero sin renegarnos, nada puede hacerse salvo seguir avanzando.

Caen tímidas gotas de agua, las nubes avisan de que podemos inaugurar el Camino empapados así que nos ponemos chubasqueros y seguimos sin pausa. Y llegamos a Rabanal del Camino justo a tiempo para no pillar un buen chaparrón

No puedo creerlo, son las diez menos veinticinco de la mañana ¡y ya hemos terminado la etapa! ¡Y con ella, todo lo que tenía que hacer hoy!

Me resulta impresionante, hasta vertiginoso pensar que el resto del día podré dedicarlo a relajarme y prepararme mentalmente para los próximos kilómetros. Antes no pudimos desayunar pero ahora nos da tiempo a desayunar no una vez, sino dos y hasta tres veces,. Nuestro primer desayuno ha sido relajado, pero pronto comienza a llenarse el bar con la llegada de nuevos peregrinos que entran a refugiarse de la lluvia. El albergue no lo abren hasta dentro de unas horas, hasta entonces, sólo cabe descansar Parece ser que el albergue que pertenece a una comunidad de monjes benedictinos está llevado por voluntarios ingleses. No deja de resultarme curioso. Frente al albergue está la iglesia.

Siento muchas ganas de que la abran para disfrutar serenamente de un buen rato de oración. Asentar ideas y sensaciones, hacer proyectos y propósitos para poder trabajar mi interior a lo largo de los próximos días.

Avanza la mañana, al fin las puertas de la iglesia están abiertas y disfruto de un buen ratito de oración.

La iglesia está en penumbras pero entra una brillante luz desde el frente que ilumina el altar y se extiende hacia donde estoy sentada, en el primer banco. Me pongo ante la presencia del Señor y siento que su luz me cubre y ante esa sensación ¡se hace tan sencillo abandonarme en Él!

Cierro los ojos y pienso en AVANZAR: Recorres valles, llanuras, montañas, encrucijadas... y al mirar atrás te das cuenta de lo mucho que has avanzado y aprendido.



El balance de esta etapa me trae sensaciones muy positivas:



  • Descubrir que mi capacidad de resistencia está entrenada día a día gracias a atender las múltiples responsabilidades, sobre todo las de mi maternidad.
  • Compenetración con mi hermano Quique.
  • Serenidad ante el desprendimiento de estos meses que ya quedan atrás.
  • Logro sentir más confianza e ilusión que miedo o turbación ante el reto de lo que hay por delante en mi vida.
  • Aún no me abro demasiado a relacionarme con otros peregrinos, es Quique quien toma esa iniciativa, pero me siento cómoda. Tengo ganas de empezar a tomar posesión de mí misma para relacionarme con libertad.





 

PARTE 2

Siento mi espacio de encuentro con el Señor como otra etapa cumplida en el día.
Al salir de la iglesia nos ponemos en la cola del albergue. Hay dos peregrinas inglesas ya mayores delante de nosotros y tras nosotros ha llegado una pareja que lleva haciendo el Camino durante los últimos años. Por falta de tiempo vacacional hacen cinco o seis etapas cada año. El próximo verano podrán llegar al fin a Santiago. Eso me hace caer en la cuenta de que para hacer el Camino hay muchas fórmulas y de que todas son válidas. No hay mejores ni peores, sólo las que se adaptan a cada vida.
Suenan las campanadas de las doce y con puntualidad inglesa, abren el albergue. Delante de nosotros se registran las dos peregrinas que encontramos al llegar, luego nosotros. El hospitalero que nos da la bienvenida y toma nuestros datos, se sorprende al ver que Quique y yo somos hermanos, nos comenta que nunca había visto esa combinación de hermano y hermana haciendo juntos el Camino. Nos sorprende y me gusta.
En medio de todo esto aparece un grupo de varios peregrinos, se nota que se han ido encontrando en distintas etapas y que han formado una pequeña familia, hay alegría entre ellos. Atraen mi atención. Me encanta ver a personas que viven así el camino, porque yo aún me siento novata pero aspiro a experimentar eso que veo en ellos.
En el albergue de Rabanal hay un ambiente especialmente acogedor.
De nuevo la rutina, elegir litera, ducha y lavar ropa, llueve, tenemos que buscar un buen sitio para que pueda secarse a tiempo.
En el albergue invitan cada día al té de las cinco, ¡muy propio de los ingleses! Me encanta esa invitación porque me encanta el té.
Después de comer he decidido dormir un poquito. Cuatro y media, avisan para el té, ¿por qué el té de las cinco es a las cuatro y media? Con lo bien que me venía media horita más de siesta.


Bajo una fina capa de lluvia, todos los peregrinos nos sentamos alrededor de una mesa y con una taza de té en la mano. Se produce un encuentro precioso entre todos. Es el momento en el que tenemos las primeras conversaciones con esa “pequeña familia del Camino”. Lo típico es empezar preguntando de dónde somos, desde dónde venimos o cuánto llevamos caminando.
Quique habla con Marcelo, uruguayo afincado en Santiago de Compostela desde hace diez años, “¡Tienes una curiosa forma de regresar a casa!” Le dijimos.
Yo hablo con Jesús, profesor de economía cordobés. Marcelo comenta entre risas y emoción que al conocer al peregrino cordobés ¡ha encontrado a Jesús en su Camino! Entonces pienso riéndome: “Ahora yo también he encontrado a Jesús en mi camino!”
Las conversaciones fluyen de manera natural. Nada es forzado, pero aún no me siento liberada, abierta al Camino. Quizá es porque todavía no tengo el bagaje de la experiencia que dan los kilómetros, hasta me da vergüenza decir que hoy sólo hemos caminado 16.
A media tarde nos invitan a participar en la oración de vísperas de la comunidad benedictina. Mi corazón se inquieta al saber que tras la oración hay posibilidad de confesarse. ¿Será el momento preciso para acudir al sacramento de la reconciliación?
Como siempre, cuesta, trato de buscar excusas para alargarlo, hacerlo más adelante, pero de pronto siento una fuerza interior, una luz que me indica que será muy positivo acudir justamente hoy, hoy que he comenzado a sentirme parte del Camino.
Me acerco algo temblorosa, como siempre me sucede, desde que tenía ocho años, desde mi primera confesión con mi querido Don Eleuterio.
El monje benedictino que confiesa no es español, quizá es alemán, pero logramos entendernos. Es humilde, pero le siento sabio, cercano, sereno. La presencia de Dios a través de él es fascinante.
Mi confesor me da justo la clave para mi Camino: INTEGRAR, integrar lo que he pasado para aprender de ello y crecer como persona, como mujer, como madre, como profesora y sobre todo, como hija de Dios.
Disfruto de un buen rato de oración personal tras mi confesión, agradecida, emocionada, admirada y anonadada ante la grandeza del Amor de Dios.
Me cuesta levantarme de mi asiento, pero ya es la hora de la cena.
La cena es una fiesta. La cocina del albergue es chiquitita para acoger a tanto peregrino pero sabemos adaptarnos. Nada más entrar una fuente de espaguetis con salchichas se apodera de mis sentidos. Pero nosotros hemos preparado unos bocatas para cenar.
Siento muchísimo apetito y el bocata con la pieza de fruta que compramos por la tarde no me ha saciado. De pronto, me ofrecen un plato de esos espaguetis que habían atrapado mi atención. Mmmmm! Esos espaguetis conquistan mi  estómago, pero sobre todo, mi corazón. Recibir ese pequeño gesto de generosidad me ha llevado a sentirme parte integrada del Camino y, de alguna forma, acogida y cuidada.
¡Gracias por ese plato de deliciosos espaguetis! Gracias a quien los cocinó, Martín, un francés que habla muy bien en castellano, gracias a quien me los ofreció, Marcelo. Y gracias a todo el grupo por su generosidad al repartir entre todos los peregrinos que estaban en la cocina esos deliciosos espaguetis y no quedárselos sólo para ellos.
Tras la cena, velada. Cada peregrino pone en común sus artes musicales, una peregrina rusa que tiene una voz angelical, no sólo lleva mochila sino también guitarra.
Pero estoy demasiado cansada y disfruto del repertorio desde mi litera mientras me voy quedando dormida. ¡Buen cambio respecto a los ronquidos de la noche anterior! Empiezo a sentirme parte integrada del Camino. Tengo cierto temor ante la etapa de mañana, llegaremos a Cruz de Ferro, me han hablado mucho de la complicada bajada hacia el valle del Bierzo. Pero la siento como un reto y confío en mi capacidad para avanzar. Me siento motivada y acompañada. ¡GRACIAS, SEÑOR por este día tan hermoso lleno de regalos!

 

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SALIR AL CAMINO


Tal y como programamos pocos días antes, hoy 6 de agosto he preparado a mis hijos, los he llevado a casa de mis padres y me he despedido de ellos. Ha sido mi mayor desprendimiento antes de partir hacia el Camino. Sé que es necesario para poder reponerme interiormente, pero duele desprenderse de lo que más amas. Sobre todo cuando me han preguntado si volveré pronto y he tenido que responderles que esta vez tardaremos en vernos un poquito más de la cuenta. Nunca me había separado de ellos tanto tiempo.
Ha llegado a mí una frase que me ayudado a cruzar la puerta de mis padres y entrar en el ascensor:
"Salir al Camino es dejar a la espalda muchas cosas, sabiendo que volveré a ellas.
Pero ahora NO TENGO QUE CARGAR CON TODO.
Ahora tengo que MIRAR ADELANTE hacia lo inesperado que está en el horizonte”.
Nada más poner el pie en la calle siento que estoy dando el primer paso de mi camino. Es mi primera toma de contacto con esa mochila que va a acompañarme y con la que deberé cargar durante tantos kilómetros, llevo todo lo que he  elegido y aún así, ha quedado espacio para poder poner en ella cosas nuevas.
No tengo expectativas concretas, no tengo ni idea de lo que va a ocurrir en los próximos días y así está bien, ¡Muy bien! Es una forma de libertad y esa sensación de empezar a agitar alas para llegar a alzar el vuelo en algún momento ya se refleja en las primeras fotos que nos hemos hecho Quique y yo. En mi rostro y mi mirada aparece una luz nueva que nunca antes había observado. Es el preludio del encuentro con mi ser, ése en el que  Dios ya había pensado y ya había amado antes de ser creado.
Los kilómetros en el tren están pasando rápido entre conversaciones alegres y profundas, y también, momentos para el silencio y concentración en uno mismo.
Ir con Quique es un privilegio. Es un privilegio porque mi hermano es una persona que irradia serenidad y seguridad, y muchísimo sentido del humor. Porque con él la relación fluye de manera natural. Nos entendemos y adaptamos mutuamente sin forzar nada.
Doy gracias a Dios por ese primer regalo del Camino: ir acompañada por mi hermano.
Durante el trayecto estamos valorando la opción de hacer hoy los primeros kilómetros, ya que no he podido prepararme físicamente para hacer el camino, así iremos tomando contacto con lo que será la rutina de los próximos días.
Llegamos a Astorga a las dos de la tarde y hemos visto a la primera tanda de peregrinos al bajar del tren, entre los que ya me siento incluida a pesar de tener las zapatillas impecables. Tener las zapatillas así de nuevecitas es signo de que estoy comenzando.
Me considero y me siento “novata”, pero miro todo con ojos nuevos y con ilusión ante lo inesperado del Camino.
Comemos en el sitio de Astorga que mejores vistas tiene: un banco frente a la Catedral y al Palacio Gaudí. Finalmente hemos decidido andar 5 kilómetros hasta un pueblo de nombre impronunciable: Murias de Rechivaldo.
Estreno mi credencial con el primer sello en Astorga y tomo contacto por primera vez con las Flechas Amarillas que nos van a ir indicando todo el Camino hasta Santiago. Siento una emoción casi infantil al ver mi primera flechita amarilla. ¡Es el inicio!
¡En marcha! Los primeros kilómetros los estoy haciendo bastante bien, Quique se queja de la mochila, ¿por qué la menciona? Basta que se queje él para que yo empiece a sentir su carga.
Murias es un pueblo pequeño pero entrañable. Elegimos el albergue que hay al final del pueblo. Es un albergue muy agradable de estilo maragato en el que se está cómodo. Empezamos las rutinas propias al llegar: quitarse las botas, elegir litera, ducharse y lavar la ropa usada en la etapa.
¿Y luego? ¿Qué hago luego?
En este primer día siento que es increíble poder estar aquí sin tener que ocuparme de mis quehaceres cotidianos. Me da cierto vértigo pensar en volver a tirar con las responsabilidades que dejo atrás tras mi regreso a la “rutina”, aún cuando sé que me quedan muchos días y kilómetros por delante.
La frase: “Pero ahora no tengo que cargar con todo” ha serenado mis inquietudes y me ha terminado de preparar para lo que tengo por delante.

Desde el patio del albergue, rincón precioso, siento algo extraño por la falta de costumbre de no tener que atender a ninguna obligación más que la de estar relajada y otorgándome tiempo para mí.
Me intriga saber si podré afrontar el Camino y cómo lo haré.
El atardecer de hoy es fascinante. La hermosura del cielo teñido de fuego ante la puesta de sol va abriendo los poros de mi piel y de mis sentidos a la belleza de los regalos que el Camino nos irá dando.
Dicen que el Camino es una alegoría de la vida.
Ante la incertidumbre de lo que me espera durante los próximos días,  reitero mi aprendizaje de este pasado año para seguir profundizando en él: ¡SABER ESPERAR!
Con confianza y esperanza ante las nuevas oportunidades que se brindarán.

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