“GRACIAS”, palabra
que proviene del latín “gratia” y hace referencia a la honra
tributada por el reconocimiento de un favor.
Desde
muy pequeños nos enseñan como norma básica de educación a dar las gracias cuando
otra persona
hace algo por nosotros.
Es
tan elemental que a veces damos o recibimos ese “Gracias” de forma rutinaria y
hacemos que pierda la fuerza que encierra esa palabra tan sencilla pero
potente: ¡Gracias!
Se
está perdiendo esa sensibilidad de ser agradecido porque llegamos a creernos
que el otro tiene cierta obligación para con nosotros y, por lo tanto, dejamos
de ser conscientes de que aquello que recibimos es un don, un regalo, que no un
derecho. Y aún siendo derecho, también debiéramos estar agradecidos a la vida
por tenerlo.
No
me parece estar capacitada en numerosas ocasiones para expresar lo
tremendamente agradecida que me siento cada vez que doy las gracias, aunque sea
por haber recibido el favor más, aparentemente, simple. Por ello acompaño a la
palabra “Gracias” de una gran sonrisa, pero aún así, noto que no estoy
manifestando suficientemente mi sentimiento de gratitud. Porque percibo cada
cosa que recibo de los demás, como una especie de “privilegio” para mi persona
y me gustaría saber transmitírselo con la misma intensidad con la que lo
siento.
Ante
esa sensación de insuficiencia, escribí hace unos días a ciertas personas que
me han apoyado y acompañado en el último curso para volver a darles las gracias
por su presencia en mi vida.
En
cada una de sus contestaciones a mi correo, he recibido un nuevo agradecimiento
y me siento sobrepasada y aún más agradecida. Esto es lo que ha motivado la
última reflexión de esta temporada.
Me
agraden a mí haber mostrado mis sentimientos y ayudado a los demás a saber
decir también gracias. Quizá solemos ir tan deprisa por la vida que no caemos
en la cuenta de pararnos para mirarnos a los ojos y decirnos, simplemente,
¡GRACIAS!
También
me escribieron: “Las gracias hay que darlas, pero a todos por SER y ESTAR”. Qué
gran sabiduría, agradecer la existencia de los demás, más aún ahora que nos
estamos sumergiendo en una sociedad en la que el otro parece más un estorbo o
un rival.
Y,
finalmente, me contestaron. “Gracias a ti, en cualquier caso, por ser tú el
regalo de Dios”.
Vivir
sintiendo al otro como un regalo de Dios es todo un don para nosotros mismos y
para los demás. Es dar al otro el lugar y el valor justo que le corresponde
como ser amado por Dios desde antes de su nacimiento, desde antes de su
creación.
Si
viéramos y sintiéramos a los demás como un regalo que Señor pone en cada una de
nuestras vidas, acabaríamos transformando las estructuras de una sociedad cada
día más individualista cuyo principal objetivo es conseguir beneficios para uno
mismo olvidándose, cuando no abusando o pisoteando a los demás.
Decía
Violeta Parra en su canción: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”. Vivamos
agradecidos, sintámonos agradecidos, nuestras quejas y lamentos se disiparán y
viviremos más plenos, más felices.
Ser
agradecidos es una muestra de amor y reconocimiento. Estuve con mis hijos en el
estreno de la película Los Pitufos 2 y su moraleja final es un mensaje muy
cristiano: “Crecemos según la cantidad de amor que recibimos y sólo nos morimos
cuando ese amor se acaba”.
¡GRACIAS
a quienes nos escuchan cada lunes, gracias por su presencia, gracias por sus
existencias que hacen del mundo, día a día, un lugar más humano, más habitable,
un lugar un poquito mejor!
¿Cuántas veces nos hemos preguntado cómo será eso de la otra vida, aquello que llamamos “El Cielo”?
El Cielo será estar en Presencia de Dios. Sólo Dios puede colmar nuestras ansias de plenitud, nuestros anhelos de felicidad. Sólo Dios es ese algo infinito que lo llena todo.
La felicidad es plenitud, por eso, ser felices es tocar el cielo.
¡A lo largo de nuestra vida tocamos el cielo tantas veces!
Y sin embargo aumentan los cuadros de ansiedad y de depresión entre las personas. La crisis económica ha sacado a flote el vacío interior y la falta de recursos internos para afrontar las situaciones de tensión que hemos ido cultivando en una sociedad que ha puesto la escala de valores patas arriba.
Parémonos unos minutos a rememorar aquellas veces en las que “tocamos el cielo”. ¡Gocemos de ellas!
Dios se afana cada día en que seamos felices, pero somos nosotros los que vivimos bloqueamos tercamente por nuestras frustraciones y desencuentros. Vivimos rechazando el presente, y desesperados e impacientes nos revolvemos contra la “mala fortuna” de lo que nos sucede, en vez de deleitarnos con esos instantes en los que podemos tocar el cielo.
El sentimiento de insuficiencia e insatisfacción acampa en nosotros y nuestra alma lucha por salir de ahí, retorciéndose por las ansias de plenitud. Entonces llega el sufrimiento que es provocado por el hecho de no aceptar el presente, de no aceptar “lo que es”.
El dolor es una constante en la vida, en todas las vidas. Pero el origen de nuestro sufrimiento está en la no aceptación de ese dolor.
Al igual que no aceptamos el dolor y nos revelamos contra él en vez de buscar su sentido y fluir abandonándonos confiadamente en Dios, tampoco sabemos absorber y sacar el jugo a los instantes en los que tocamos el cielo para que sean fuerza y sostén en medio del abatimiento o de la desesperación.
Tocar el cielo es disfrutar de las pequeñas cosas que cada día se nos regalan, tocar el cielo es gozar de una sonrisa, una palabra amable, una mirada chispeante, una emoción compartida. Tocar el cielo es sentir la suavidad de todas aquellas cosas que son caricias para el alma.
Pero para saborear las pequeñas cosas y esponjarse con esos momentos en los que tocamos el cielo necesitamos desarrollar una gran capacidad de Amar. Amar el presente, que se llama así porque es un regalo.
En el libro del psicólogo Joan Garriga titulado “Vivir en el alma” nos explica que hay que amar la realidad y la vida tal como son, incluyendo, por supuesto, lo amable y lo difícil. La gran felicidad es la que existe porque sí, sin motivo y no depende del vaivén de la vida. La gran felicidad es la que experimentamos cuando logramos aceptar la realidad y lo que ella nos trae.
Esto no es fácil, requiere un proceso de intensos retos personales con avances y retrocesos. Pero no amar la realidad y oponernos a ella nos debilita absurdamente. Abrirse plenamente al dolor es lo que precede a la expansión súbita de la sonrisa natural que preside la vida. Aunque pueda parecer un contrasentido, vemos que en el dolor se asienta la alegría de vivir, que las personas genuinamente alegres no han estado exentas de tragedias pero que pudieron superarlas con sentido.
Como decía Nietzsche “Lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.
Para llegar a amar lo que es, es decir, amar el presente, debemos aprovechar cada oportunidad para madurar y crecer que nos va trayendo la vida.
Tomar una actitud de agradecimiento por aquellas veces en las que se nos ha concedido el privilegio de poder tocar el cielo.
Y también, saber esperar con paciencia y confianza la llegada de un nuevo momento en el que volvamos a tocar el cielo.
Levantémonos cada mañana sonriendo ilusionados ante la expectativa de que en el día que se estrena quizá podamos, otra vez, ¡Tocar el cielo!
Conocí una canción en mis años de adolescente que se titulaba “¿Dónde está la juventud?”, con ella nos preguntábamos a dónde se había ido el afán de lucha de los jóvenes por hacer de éste un mundo mejor.
Recuerdo que, ya entonces, la gente adulta decía que nuestra juventud estaba perdida, y se preguntaban retóricamente: ¿A dónde vamos llegar?
Los jóvenes de entonces, adultos ahora, caemos también en la tentación de continuar preguntándonos lo mismo sobre de las generaciones que nos suceden.
Con esos planteamientos lo que estamos haciendo es “echar balones fuera” y no reconocer que todo lo que son ellos es el resultado de lo que les estamos enseñando. Les hemos encaminado a vivir y sentir como lo hacen. No son peores que las generaciones precedentes, tienen las mismas necesidades de cariño, de comprensión, de entender la realidad que les rodea, de hacer realidad sus sueños y proyectos.
Tienen preguntas pero no les hemos dado las respuestas adecuadas. Tienen mucha fuerza pero no les hemos enseñado a usarla. Tienen necesidad de orientar sus inquietudes pero no les hemos proporcionado referentes válidos para su vida.
A pesar de ello, considero que son unos supervivientes y muchos nos demuestran la grandeza de un interior que han cultivado a pesar de todas las barreras que les hemos colocado.
A raíz de ver una película en clase, mis alumnos mayores hicieron un trabajo de reflexión sobre el sentido de la vida, del sufrimiento, de la muerte y de la fe. He hecho la recopilación de las que más me han gustado:
Andrés: Soy voluntario y para mí eso es una forma de vida, ayudas a los demás de manera altruista pero siempre recibes recompensa. Te aporta una satisfacción personal.
Carla: para que tu vida tenga sentido tienes que aferrarte a las pequeñas cosas, quedarte con los pequeños gestos, los pequeños detalles, pero también tienes que apoyar y preocuparte por los demás.
Débora: Las personas que sufren alguna enfermedad consiguen encontrar la felicidad en menos tiempo que los que están sanos porque saben que su vida será menos duradera y tienen que aprovecharla. Los que tienen todo no lo aprecian. La fe es un apoyo muy importante para estas personas.
Jesús: El sufrimiento y la muerte son grandes cuestiones en la vida de un ser humano.
Ken: mucha gente ha perdido la fe pensando que todo lo malo que nos ocurre es culpa de Dios, y están equivocados. Dios no tiene nada que ver ya que nos ha hecho libres para tomar nuestras porpias decisiones. No podemos echar la culpa a Dios de nuestros propios errores.
La búsqueda de dios sólo es posible si le hablas a tu corazón porque ahí te estará escuchando Él.
Marcos: A veces, el sacrificio trae esperanza para el futuro.
María: A quien más valoramos es a quien ha estado con nosotros en los momentos más difíciles.
Pilar: Debemos aprender a valorar esos pequeños detalles que se presentan en nuestra vida y no solemos darles importancia, como hacer sonreír a una persona, porque transmitiendo nuestra felicidad a los demás es como mejor se puede disfrutar de lo bonito que es la vida.
Sergio: Nosotros decidimos cómo hacer que nuestra vida tenga sentido. Debemos vivir cada día con intensidad, si dejamos que pase el tiempo sin haber hecho nada que valga la pena nuestra vida no va a tener sentido. La oportunidad que se te ha dado para vivir y no hay que desperdiciarlo porque, al fin y al cabo, es lo único que tienes.
Clara: En muchos momentos, me paro a pensar en qué será de mi vida y de la de aquellos que viven cerca de mí, de mi familia, compañeros, amigos, etc. Pero nunca acabo llegando a nada, es el futuro, no lo conoces, pero sí puedes esa sensación de vulnerabilidad.
Creo sinceramente que desde nuestra edad, puedes empezar a llevar ritmos de vida, realizar actividades que te lleven a dar sentido a tu vida con formas de vida que no se acaban. Hay que dar un sentido más profundo a la vida porque, aunque en esta sociedad te preparan para que actúes como un robot, no te dejes absorber por esto.
La verdad es que la vida es mucho más, mucho más que ese individualismo que hay hoy en día, la vida es vivir con otros, para otros, sabiendo que tú eres especial, pero que el que está a tu lado también lo es para que podamos completarnos unos a otros.
Hay que vivir sonriendo a la vida, fijándonos en pequeños detalles que nos pueden hacer descubrir grandes cosas.
Yo quiero vivir así, sé que cuesta, sé que es difícil, pero merece la pena. Es increíble saber que nunca estás sola, que Jesús también vivió así, y creo que nos olvidamos de que el Evangelio nos invita a vivir así. No estoy sola, Dios está ahí, lo siento por medio de muchas personas y de pequeños detalles.
Lorena: “No puedo”, “esto es demasiado para mí”, “me rindo”. ¿Cuántas veces a lo largo del día repetimos esto? Nos quejamos todo el tiempo y no nos damos cuenta de la cantidad de cosas buenas que tenemos alrededor. Y es que estamos aquí, ESTAMOS VIVOS y debemos disfrutar de esto.
Nosotros tenemos por costumbre ahogarnos en un vaso de agua y rendirnos antes de haberlo intentado.
Yo creo verdaderamente que la fe nos ayuda a seguir adelante, pero pienso también que hay que saber cómo creer. Y es que no podemos considerar a Dios como un mago que cumple deseos y que hace milagros en todo momento, al igual que no podemos decir que las cosas malas que pasan es por su culpa.
No podemos saber lo que nos deparará el destino, por lo que tenemos que disfrutar del día a día. Aunque no lo parezca, todo tiene un lado positivo, solo tenemos que buscarlo y disfrutar de los bellos momentos que nos da la vida.
Encuentro en estas reflexiones un motivo para justificar nuestra esperanza ante el futuro que construirán nuestros jóvenes, y una llamada para que nosotros, los adultos, nos esforcemos en brindarles mejores alternativas de las que, hasta ahora, les hemos ofrecido.
¿Dónde está la juventud? Preguntaba la canción, pues está ahí, esperando a que nosotros les mostremos el Camino.
He visto noticias sobre cómo distintos operadores turísticos preparan un paquete especial para que vengan hasta España jóvenes de otros países Europeosy pasar aquí unas cuantas horas para ir “de fiesta”. Su estancia es corta pero intensa. No tienen necesidad de buscar alojamiento porque pasarán esas horas nocturnas de bar en bar, de discoteca en discoteca, con un completo “todo incluido” en lo referente a las bebidas.
He visto en las noticias cómo jóvenes españoles o residentes en España pasan las noches de los fines de semana en las calles y plazas de nuestras ciudades celebrando lo que popularmente se ha llamado “botellón”.
Los jóvenes buscan el sentido a su vida y el camino que escogen se refleja también en sus diversiones, intentan sacar el jugo a su vida viviendo una fiesta de la que, por desgracia, sólo ellos participan, ya que sus actitudes acaban provocando graves molestias al resto de ciudadanos ylo que es aún peor, su forma de comportarse menoscaba en muchos casos su propia dignidad. Beben más de la cuenta porque sin alcohol parece que no es posible estar alegre, acaban sin poder controlarse a sí mismos, gritan hasta quedar afónicos, ensucian más de la cuenta y muchos terminan la fiesta inmersos endisputas con consecuencias más o menos graves. Las repercusiones de su forma de diversión son bastante negativas, no sólo para ellos mismos, aunque de eso se darán cuenta a largo plazo, sino también para los demás. Son muchos los padres que viven preocupados cada fin de semana por el estado de sus hijos. Además hay destrozos en las calles, suciedad y mal ambiente... Esto es lo que deja su fiesta particular. Muchos vecinos que viven por las zonas se quejan porque no pueden acceder a sus domicilios con serenidad durante esas fiestas, o porque no les dejan descansar o porque están hartos de tener que gastar dinero en los arreglos de sus inmuebles. Semanalmente buena parte de los presupuestos municipales van destinados a recomponer el estado natural de nuestras ciudades.
Conversando con diversos grupos de jóvenes acerca de sus formas de diversión, se reconocen cansados de hacer siempre lo mismo pero dicen carecer de otras alternativas o no son lo suficientemente valientes como para desmarcarse y hacer algo distinto. Se han acostumbrado a vivir los fines de semana de esa manera y si no lo hicieran se verían socialmente rechazados.
Este verano, en el mes de agosto, he visto jóvenes procedentes de todo el mundo llenar nuestros pueblos y ciudades.
He visto miles de jóvenes de más de 140 nacionalidades diferentes inundando las calles, las plazas, los parques, los autobuses y el metro de Madrid. Ellos también estaban de fiesta pero había una diferencia radical, porque estos jóvenes no provocaban molestias o malestar a su alrededor sino que transmitían su alegría por donde iban. Porque estos jóvenes hacían sonreír y participar de su fiesta al resto de ciudadanos. Las repercusiones de su diversión sí eran positivas. Cantaban y enarbolaban sus banderas como símbolos de identificación pero todos eran capaces de hablar el mismo idioma para conseguir el encuentro y la amistad entre ellos.
Y yo me pregunto ¿qué les diferencia?
Creo que todos, más aún los jóvenes, necesitamos buscar el sentido a nuestras existencias, intentar entender para qué estamos aquí y así poder alcanzar la felicidad que todo ser humano ansía. Sin embargo, muchos dejan pasar su vida sin atender a esa necesidad o buscan respuestas en lugares equivocados.
El Papa Benedicto XVI dijo en el discurso que pronunció a su llegada a Barajas el día 18 de agosto: “Vengo aquí a encontrarme con millares de jóvenes de todo el mundo, católicos, interesados por Cristo o en busca de la verdad que dé sentido genuino a su existencia”.
Los jóvenes de la JMJ nos han demostrados a todos que otra forma de diversión es posible. Que se puede estar alegre sin necesidad de utilizar el alcohol porque la alegría que viene de dentro es la que se contagia a los demás. Porque su interior, que aún está en busca de sentido ya está lleno, lleno de inquietudes y ansioso de respuestas, como todos, pero con una gran diferencia: tienen FE. Fe en que encontrarán a Alguien que dé respuestas a sus preguntas y que colmará sus anhelos. Se saben amados por ese Alguien y no se sienten vacíos y, por lo tanto, no necesitan llenarse a cualquier precio y eso, quieras que no, se refleja en su existencia y en los frutos que dan sus vidas.
Mil gracias a todos los jóvenes de España y a los que han venido de fuera, muchos desde tan lejos, para mostrarnos que sí podemos mirar al futuro con esperanza.
Me gusta regalarles a mis alumnos algún detalle con motivo de su cumpleaños, por haber ganado en algún juego o como despedida al final del curso. Suelen ser cosas sencillas: medallas y cruces traídas de Tierra Santa o de Roma, rosarios, pulseras con oraciones…
Ellos reciben el pequeño detalle con mucha ilusión. Suelen llevarlos en el cuello, en las muñecas e incluso en sus estuches. Alguna vez me lo enseñan entusiasmados y me dicen, convencidos, que mi pequeño regalo les ha ayudado durante los exámenes.
Entonces tengo que explicarles que estos objetos piadosos no son amuletos ni artilugios “arreglalotodo”. A veces veo en sus caritas la sorpresa e incluso la decepción ante mis palabras.
Descubro que necesitamos recibir una formación religiosa mejor para no caer en el error de vivir nuestras creencias de manera errónea. Debemos tener cuidado en no dejar que sentimientos supersticiosos o esotéricos contaminen nuestra fe.
Es un error tratar a Dios como a alguien que debiera darnos todos nuestros caprichos. Escucho con frecuencia a muchas personas que justifican su enfado con Dios e incluso su falta de fe en Él por no haber conseguido que se cumplieran sus deseos, y se sienten abandonados: malos resultados en los exámenes, un puesto de trabajo, el resultado de una relación, la evolución de una enfermedad, el fallecimiento de alguien querido.
Es muy humano que nos enfademos cuando vivimos situaciones de gran adversidad. Pero estas situaciones no deberían terminar con nuestra fe, sino al contrario, tendríamos que vivirlas como una oportunidad de crecimiento y superación. La fe no debería estar condicionada a que todo nos vaya bien en la vida, a que todo marche según nuestros deseos.
Siempre me ha parecido muy sabia aquella acción de gracias que dice: ”Te doy gracias, Dios mío, porque no siempre me has dado lo que yo quería pero sí lo que yo realmente necesitaba”.
Verdaderamente Dios tiene sabiduría infinita y sólo Él sabe lo que nos conviene.
Creo que esta oración encierra la clave de una buena relación con Dios.
Debemos ser humildes y aceptar que muchas veces no sabemos lo que nos conviene realmente. Tenemos que aprender a pedir y tenemos que aprender a confiar en la inmensa sabiduría de Dios. Que, como buen padre que es, siempre nos dará aquello que de verdad necesitamos.
Hace unas semanas, una buena amiga me regaló el libro “Cartas a Dios” de Eric Emmanuel Schmitt. De él han hecho recientemente una película que se está proyectando en muchas de las Semanas de Cine Espiritual que se organizan por las distintas diócesis de España. He leído con atención este libro y algo me ha llamado profundamente la atención sobre este tema que nos ocupa.
En todo el libro, el autor es capaz de darnos la clave con total sencillez de cómo dirigirnos a Dios y del poder de la oración.
El libro narra la historia de un niño que padece un cáncer terminal. Nunca ha tenido la suerte de que nadie le enseñara cómo es Dios y cómo debe ser nuestra relación con él, hasta que una voluntaria del hospital le muestra el camino. Esta voluntaria le aconseja escribir a Dios una carta cada día.
“- ¿Y qué le puedo escribir?
- Entrégale tus pensamientos. Los pensamientos no pronunciados son pensamientos que pesan, que se enquistan, que te vuelven torpe, que te inmovilizan, que no dejan sitio para los pensamientos nuevos y que te pudren. Si no hablas, te vas a convertir en un vertedero de viejos pensamientos apestosos.
A Dios le puedes pedir una cosa cada día, pero, atención ¡sólo una cosa!
- Entonces ¿Puedo pedirle cualquier cosa? Juguetes, caramelos, un coche…
- ¡No!, Dios no es Papá Noel, sólo puedes pedirle cosas del espíritu”.
“Cosas del Espíritu”, nuestro protagonista lo entiende tan bien que unos días más tarde, ante la inminente operación de una niña que también está hospitalizada, le escribe a Dios:
“Haz que la operación de Pegy Blue mañana salga bien, no como la mía, ya sabes a lo que me refiero.
PD: Ya sé que las operaciones no son cosas del espíritu, quizá no tengas a mano estos asuntos. Así que lo que te pido es que te las apañes de alguna manera para que, sea cual sea el resultado de la operación, Peggy Blue se lo tome bien. Cuento contigo”.
“Para que, sea cual sea el resultado de la operación, Peggy Blue se lo tome bien”, ésta es la clave. Ésta es la actualización de la oración de Jesús en el Huerto: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y añadiría: “Y que yo sepa aceptarla… aunque no logre entenderla del todo”.
Finalmente, nuestro protagonista termina: “Cuento contigo”, es decir, tengo plena fe en ti. Y creo que… con eso basta.
Se nos habla con frecuencia de la “calidad de vida”. El caso es que aún no tengo nada claro cuáles son los parámetros que determinan si una vida es de calidad. A la hora de dar un sentido a este término el relativismo a campado a sus anchas y cada persona decide lo que significa tener “calidad de vida”… o no, en realidad, creo que ni siquiera nos paramos a reflexionar sobre el alcance que damos a este concepto. Instalados en la comodidad de que me lo den todo hecho y de no tener que pensar por mí mismo, dejamos que nos inunden día a día con un lenguaje en el que preferimos no profundizar.
La Organización Mundial de la salud ha definido “calidad de vida” como "la percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia, en el contexto de la cultura y del sistema de valores en los que vive y en relación con sus expectativas, sus normas, sus inquietudes. Se trata de un concepto muy amplio que está influido de modo complejo por la salud física del sujeto, su estado psicológico, su nivel de independencia, sus relaciones sociales, así como su relación con los elementos esenciales de su entorno". Definición demasiado extensa que habría que analizar con calma porque implica cosas terribles ya que tanto la eutanasia como el suicidio asistido están siendo justificados por la supuesta pérdida de esta calidad de vida.
Hoy deseo compartir dos testimonios de personas que sufrido una grave enfermedad durante varios años antes de su muerte.
El primero es un extracto de una carta que escribió en 1995 Olga Bejano, una chica a la que a los 23 años comenzó a afectarle una rara enfermedad degenerativa que le fue paralizando todos los músculos hasta que falleció a finales de 2008, tenía ya 45 años.
“Soy una chica a la que la enfermedad le ha truncado la vida y quizá por eso la palabra vida me merece un gran respeto.
Hasta los veintitrés años pude realizar una vida normal: Pero en mayo de 1987 mi glotis se paralizó y tuve una parada cardiaca por asfixia; estuve por unos minutos clínicamente muerta, quedándome luego en coma. En ese momento, más de uno no apostaba por mí; pero yo, por llevar la contraria, salí del coma y seguí viva. Desde entonces vivo sin poder hablar ni comer.
Mi vida es, desde hace ocho largos años, malestar físico, obstáculos, limitaciones, problemas hospitalarios, familiares, burocráticos... En una palabra: sufrimiento. Pero este sufrimiento si uno llega, como yo, a entenderlo, es una lección constante que ayuda a madurar y a superarse.
Soy católica, siempre he creído en Dios, en la existencia del alma y en que cuando uno muere no termina ahí su vida, sino que sigue en otro lugar.
Todos tenemos un día marcado para nacer y otro para morir, y yo no soy quién para alterar el destino y mucho menos los planes de Dios.
Vivimos en una sociedad en la que priman el placer y lo material. Todos queremos gozar y ninguno sufrir; pero el sufrimiento y la muerte vienen incluidos en la vida, forman parte de ella. Soy partidaria de luchar, no de «huir». La eutanasia es una forma de huida y, por tanto, no deja de ser una cobardía. A mí no me parieron cobarde; por eso lucharé hasta el final. Respeto y entiendo a los que se dan por vencidos y no creen en nada; pero yo, cuando llegue al «otro lado», quiero tener la sensación de llevar mis deberes cumplidos. Si me practicasen la eutanasia, creo que, al llegar allí, tendría la sensación de no haber sabido llegar hasta el final, como si dejase en este mundo alguna asignatura pendiente. Para mí todo lo que te quita la paz interior no es bueno, y los médicos que han realizado eutanasias creen que hacen bien, pero confiesan sentirse mal. Todo anciano, minusválido o enfermo terminal tiene derecho a una atención digna, centros adecuados, ayudas familiares y económicas y grandes dosis de «cariñoterapia»; pero todo esto equivale a trabajo y a dinero, y es más fácil, cómodo y barato legalizar la eutanasia e, igual que hicieron los nazis, disfrazándola de ayuda y compasión, quitar a todos de en medio.
La mentalidad de que sólo lo biológicamente bueno vale la pena impide conocer grandes realidades humanas: Beethoven compuso sus maravillosos cuartetos hasta el último momento; Mozart siguió componiendo en el lecho de muerte su magnífico Requiem; Tiziano pintaba con casi noventa años, cuando apenas podía sujetar los pinceles. Los defensores de la eutanasia olvidan que cada vida es única e irrepetible y que cualquier vida tiene todo el valor posible. Si hubiese una vida sin importancia, ninguna sería importante”.
El segundo testimonio es de una enferma que murió habiendo estado más de cincuenta y cinco años paralizada en una silla de ruedas.
“Nosotros los enfermos, que tenemos fe en Jesucristo, sabemos que somos hijos predilectos de Dios por parecernos a Cristo en el sufrimiento. El Señor nos reveló en un acto supremo de amor la gran fecundidad del dolor. Para nosotros la enfermedad es la ofrenda diaria de nuestra vida, el don de nosotros mismos. Nos impulsa saber que al final tendremos el encuentro con Dios que nos acogerá con todo su amor”.
Precisamente son ellos, los enfermos, quienes mejor pueden enseñarnos el auténtico significado de “calidad de vida” y cómo nuestras vidas, desde el inicio hasta la muerte natural, tienen mucho que aportar al mundo.
En este rincón quiero compartir mis reflexiones en el programa de Radio María: El Pozo de Sicar. Del lunes al martes a las 12 de la noche. Espero que te gusten.