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Paisajes del Camino

Unos minutos para relajarse y "esponjar el alma".
Con la melodía que me ha acompañado en los momentos de mayor "inspiración".


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Personas y paisajes del Camino

Con una música que nos a acompañado durante los momentos en los que nos sentíamos exhaustos... ¡¡Exhausto-grinos!!

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Personas en el Camino


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Las risas del Camino

 ¡GRACIAS a todos los que habéis logrado que hiciera una excelente RISOTERAPIA a pesar de la dureza física del Camino!


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Las emociones del Camino

De Astorga a Santiago de Compostela

Una visita por los lugares más emblemáticos del Camino pero, sobre todo, por las emociones vividas.

¡Gracias a mi hermano mayor, Quique, que me propuso hacer el Camino, lo impulsó, me acompañó y lo hizo todo mucho más fácil!


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NECESIDAD DE SANTIDAD






Recientemente, el papa Francisco, ha retomado las palabras que, durante la Jornada Mundial de la Juventud de Roma del año 2000, Juan Pablo II nos dirigió a los jóvenes a quienes llamó “Santos del nuevo milenio”:

Necesitamos santos sin velo, sin sotana.
Necesitamos santos de vaqueros y zapatillas.
Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos.
Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sobresalgan en la Universidad.
Necesitamos santos que busquen tiempo cada día para rezar y que sepan enamorar en la pureza y castidad, o que consagren su castidad.
Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo.
Necesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales.
Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo.
Necesitamos santos que tomen Coca Cola y coman perritos calientes, que sean internautas, que escuchen sus iPod.
Necesitamos santos que amen la Eucaristía y que no tengan vergüenza de tomar una cerveza o comer pizza el fin de semana con los amigos.
Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la música, la danza, el deporte.
Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros.
Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras y buenas del mundo, pero sin ser mundanos.

Medio siglo antes, ya en el Concilio Vaticano II se reconocía que una de las principales causas del ateísmo creciente en los países occidentales era la falta de coherencia en la vida que tenemos quienes nos hacemos llamar creyentes.
Los creyentes tenemos una enorme responsabilidad. La responsabilidad de ser santos de nuestra época, santos en el mundo que nos ha tocado vivir, con las circunstancias y las modas en las que estamos inmersos.
Porque Dios está en todo y todos estamos llamados a ser santos, seguramente santos anónimos, pero igualmente colaboradores de Dios en la construcción del Reino.
Dios no nos pide nada extraordinario ni nada que no seamos capaces de dar. Dios nos necesita desde lo que realmente somos, tal y como fuimos pensados por él antes de que existiéramos.
Cada uno desde su vocación personal, dentro de su grupo social, en el trabajo y en el tiempo de descanso, desde sus aficiones e intereses, está llamado a ser santo en la cotidianidad del día a día. No se necesitan realizar grandes hazañas, porque, ¿qué mayor proeza que ser reflejo de la Luz de Dios en las vicisitudes de cada día? ¿Qué mayor proeza que la de estar en el mundo sin dejarse arrastrar por aquello que es banal y efímero, mostrando la coherencia de tu fe? Y vivir todo ello con la alegría de quien se siente abrazado por Dios en todo momento.
Ser santo es dar ejemplo de que Dios es Amor con tu vida. Y dar ejemplo de que el verdadero amor es el que enriquece, el que engrandece, el que libera y salva porque te lleva a ser tal y como Dios te ha concebido.
En definitiva, ser santo podría resumirse en tan sólo una palabra: AMAR.
El pasado fin de semana falleció tristemente el padre de un muy buen amigo mío y durante el velatorio hablaba con un familiar de la importancia de crear lazos de afecto entre las personas. Y es que al final, lo único que permanece tras la muerte, la mejor herencia que dejamos y lo único que nos llevamos como bagaje es todo lo que hemos amado.

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Sed de sonrisas




Hoy deseo compartir una tierna y dulce anécdota. La pasada semana estuve con mis hijos en una tienda de cosméticos y mi hijo Iván se quedó prendado de unas bolitas trasparentes que usaban para adornar algunos expositores de productos de belleza. Pidió permiso para llevarse unas poquitas y las guardó como si fuera el mayor de los tesoros. Las envolvió en papel y cuidó de ellas con mimo toda la tarde.
A la mañana siguiente, yo ya no recordaba aquellas bolitas. Fuimos en coche al centro de la ciudad y tras aparcar, según le bajaba de su asiento, me comentó: “Voy a regalar estas bolitas a las personas que más me gustan”.
A penas hice caso de su curioso comentario, interpreté que se las daría a alguien de la familia o a algún amigo. Mi sorpresa fue mayúscula cuando le veo correr detrás de la gente que pasaba por la acera y luego venir a mí, para decirme, con cierta desolación, que nadie quería sus bolitas.
Sin embargo, no se rendía. La siguiente persona en pasar fue una abuela que paseaba a su  nieta en una sillita. Iván se acercó a ella y sin pudor alguno puso en su mano una bolita. La abuela la miró con sorpresa y desconcierto. Entonces yo le expliqué: “Me ha dicho que quiere regalárselas a las personas que más le gustan”. La sonrisa de aquella mujer fue instantánea y maravillosa. Atendió a Iván con un cariño impresionante. Iván le dijo que guardara esa bolita en un joyero porque era una joya.
Tras una conversación muy amena y cordial, nos despedimos de ella. Iván iba feliz, y la señora no dejaba de sonreír.
Inmediatamente Iván salió corriendo hacia otra persona que venía por la calle, alargó su mano y le regaló una nueva bolita. Y así lo hizo una y otra vez hasta que llegamos a nuestro destino. Nos cruzamos con más de media docena de personas y todas ellas tuvieron la misma reacción: inicialmente el asombro que les dejaba paralizados sin saber cómo reaccionar, y tras mi explicación de que Iván había decidido regalárselas a quienes más le gustaban, se dibujaba en su rostro una sonrisa y le dedicaban a Iván palabras de cariño. Todos se despedían de nosotros sonriendo.
Verdaderamente, aquellas minúsculas bolitas de plástico transparente eran una joya. La joya que había logrado llevar un poquito de luz al día de aquellas personas que se cruzaron con Iván.
Esa experiencia me ha dejado fascinada. ¡Estamos sedientos de sonrisas! Las personas vamos por la calle absortos en nuestros pensamientos, planificando la jornada, imbuidos en nuestros problemas, machacándonos la imaginación con ideas absurdas y mil cosas más. Pero si un desconocido, de pronto irrumpe en nuestro ensimismamiento y nos regala la joya de una sonrisa y sabemos apreciar su valor, esa joya puede transformar definitivamente nuestro día.
Esa anécdota me recuerda también a la de aquellas personas que iban durante la Jornada Mundial de la Juventud con un cartel que ponía: “Regalo abrazos”.
Necesitamos sonrisas, necesitamos signos de afecto sincero entre nosotros, necesitamos sentir que no somos individuos aislados. El mundo puede ser transformado a base de pequeños gestos  de gratuidad y de amor.
Ya lo decía José Luis Perales en una de sus canciones:
“Con una sonrisa puedo comprar todas esas cosas que no se venden.”





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Brindo por ti - Macaco


¡BRINDEMOS POR LA VIDA!
Aprendamos a descubrir esos "pequeños" dones que recibimos cada día.... Y NUESTRO DÍA SERÁ LUZ

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Tocar el Cielo

¿Cuántas veces nos hemos preguntado cómo será eso de la otra vida, aquello que llamamos “El Cielo”?


El Cielo será estar en Presencia de Dios. Sólo Dios puede colmar nuestras ansias de plenitud, nuestros anhelos de felicidad. Sólo Dios es ese algo infinito que lo llena todo.

La felicidad es plenitud, por eso, ser felices es tocar el cielo.

¡A lo largo de nuestra vida tocamos el cielo tantas veces!

Y sin embargo aumentan los cuadros de ansiedad y de depresión entre las personas. La crisis económica ha sacado a flote el vacío interior y la falta de recursos internos para afrontar las situaciones de tensión que hemos ido cultivando en una sociedad que ha puesto la escala de valores patas arriba.

Parémonos unos minutos a rememorar aquellas veces en las que “tocamos el cielo”. ¡Gocemos de ellas!

Dios se afana cada día en que seamos felices, pero somos nosotros los que vivimos bloqueamos tercamente por nuestras frustraciones y desencuentros. Vivimos rechazando el presente, y desesperados e impacientes nos revolvemos contra la “mala fortuna” de lo que nos sucede, en vez de deleitarnos con esos instantes en los que podemos tocar el cielo.

El sentimiento de insuficiencia e insatisfacción acampa en nosotros y nuestra alma lucha por salir de ahí, retorciéndose por las ansias de plenitud. Entonces llega el sufrimiento que es provocado por el hecho de no aceptar el presente, de no aceptar “lo que es”.

El dolor es una constante en la vida, en todas las vidas. Pero el origen de nuestro sufrimiento está en la no aceptación de ese dolor.

Al igual que no aceptamos el dolor y nos revelamos contra él en vez de buscar su sentido y fluir abandonándonos confiadamente en Dios, tampoco sabemos absorber y sacar el jugo a los instantes en los que tocamos el cielo para que sean fuerza y sostén en medio del abatimiento o de la desesperación.

Tocar el cielo es disfrutar de las pequeñas cosas que cada día se nos regalan, tocar el cielo es gozar de una sonrisa, una palabra amable, una mirada chispeante, una emoción compartida. Tocar el cielo es sentir la suavidad de todas aquellas cosas que son caricias para el alma.

Pero para saborear las pequeñas cosas y esponjarse con esos momentos en los que tocamos el cielo necesitamos desarrollar una gran capacidad de Amar. Amar el presente, que se llama así porque es un regalo.

En el libro del psicólogo Joan Garriga titulado “Vivir en el alma” nos explica que hay que amar la realidad y la vida tal como son, incluyendo, por supuesto, lo amable y lo difícil. La gran felicidad es la que existe porque sí, sin motivo y no depende del vaivén de la vida. La gran felicidad es la que experimentamos cuando logramos aceptar la realidad y lo que ella nos trae.

Esto no es fácil, requiere un proceso de intensos retos personales con avances y retrocesos. Pero no amar la realidad y oponernos a ella nos debilita absurdamente. Abrirse plenamente al dolor es lo que precede a la expansión súbita de la sonrisa natural que preside la vida. Aunque pueda parecer un contrasentido, vemos que en el dolor se asienta la alegría de vivir, que las personas genuinamente alegres no han estado exentas de tragedias pero que pudieron superarlas con sentido.

Como decía Nietzsche “Lo que no nos destruye nos hace más fuertes”.

Para llegar a amar lo que es, es decir, amar el presente, debemos aprovechar cada oportunidad para madurar y crecer que nos va trayendo la vida.

Tomar una actitud de agradecimiento por aquellas veces en las que se nos ha concedido el privilegio de poder tocar el cielo.

Y también, saber esperar con paciencia y confianza la llegada de un nuevo momento en el que volvamos a tocar el cielo.

Levantémonos cada mañana sonriendo ilusionados ante la expectativa de que en el día que se estrena quizá podamos, otra vez, ¡Tocar el cielo!







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INVOLUCIONANDO

Hitler escribió en el libro que fue publicado en 1925, Mein Kampf – Mi lucha: "El pueblo está obligado a cuidar de que SÓLO los individuos sanos tengan descendencia".


Casi un siglo después de esto, casi nadie duda en afirmar que Hitler ha sido uno de los hombres que mayores barbaridades ha cometido contra la humanidad y, por ello, se ha ganado el puesto de ser uno de los personajes más odiados de la historia.

Sin embargo, hace pocos días, me quedé estupefacta al leer en un medio de comunicación nacional la siguiente afirmación:

"Desde luego, los padres que decidan llevar a término el embarazo del feto defectuoso y que deseen sacrificar sus vidas por criarlo, merecen respeto y apoyo, aunque no suele ser eso lo que elige la mayoría de la gente razonable en ningún país del mundo".

Es cierto que se usa un lenguaje más comedido en las formas pero, en el fondo, es más de lo mismo: un fascismo radical, eso sí, disfrazado de progresismo y de lo que se han llamado "libertad reproductiva", como si el lenguaje “buenista” cambiara en algo el sentido profundo de esta ideología.

Ese mismo artículo arremete más adelante contra quienes defienden la vida como el bien más preciado y el mayor de los derechos, con independencia de sus condiciones externas, y se centra en ofender a quienes entendemos que ese valor de la vida es dado porque toda vida viene de Dios.

De nosotros dice que estamos "obsesionados por su oposición a la libertad reproductiva de las mujeres y por su celebración de la enfermedad y la malformación de los fetos como pruebas a las que Dios nos somete para hacernos sufrir en este valle de lágrimas".

Son palabras ofensivas para la dignidad de toda vida humana y palabras ofensivas para quienes trabajamos cada día porque esa vida sea valorada y cuidada.

Quien escribe ese artículo no tiene ni idea de la teología cristiana sobre el mal y el dolor. Nadie celebra una enfermedad o malformación. Lo que sí hacemos es respetar y cuidar con caridad a quienes son más débiles porque sabemos que la vida es un don, un regalo, y como tal hay que protegerlo y mimarlo.

Aquellas personas que logran superarse a pesar de las limitaciones con las que pudieran nacer, o que les hayan sobrevenido a lo largo de su vida, son un ejemplo para el resto, para no rendirnos cuando llegan las dificultades, y por ello hacen del mundo un lugar mucho mejor.

Si no, que se les pregunten a los padres y familiares de aquellos que nacen síndrome de Down si la vida de sus hijos merece ser vivida menos que la de otros a los que nos hemos empeñado en llamarnos "normales".

Podríamos fijarnos en la vida de Nick Vujicic, un hombre que nació sin extremidades, que ha actuado en películas, sabe nadar, hace surf, se tira en paracaídas, y que recorre el mundo dando charlas en las que anima a la gente a superarse, recientemente ha sido padre, de Tony Melendez, guitarrista sin brazos, de Jessica Coix, piloto de aviones sin brazos, Andrea Bocelli, cantante lírico profesional invidente y tantos otros que, a pesar de haber nacido con alguna discapacidad, han logrado llevar una vida con más libertad y menos limitaciones que las que los "normales" nos empeñamos en ponernos día a día.

Nadie con un poco de sensibilidad o empatía hacia el prójimo podría decir que la vida de estas personas no merece la pena ser vivida. ¡Al contrario! Sus vidas son motivación e inspiración para muchos otros.

¿Quién tiene derecho a decidir qué vidas merecen ser vividas?

He visitado recientemente el Museo de la Evolución Humana en Burgos. En Atapuerca se halló el cráneo de Benjamina, una niña de 10 años discapacitada que murió hace 530.000 años, su familia, su grupo social cuidó de ella, si no, habría sido imposible que llegara a cumplir esa edad.

La de Benjamina es la primera historia de solidaridad social de la que se tiene constancia. Sin embargo, en pleno siglo XXI estamos ensalzando el diagnóstico prenatal como un gran avance para la humanidad para poder “deshacernos” de aquellas personas que hemos decidido que no merecen vivir. Y yo me pregunto… ¿Será que estamos "involucionando"?



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Mi mayor bendición


Hace unos días llegó a mis manos un texto en el que se definía lo que es un hijo:
“Hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y de aprender a tener coraje. Sí, ¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado. ¿Perder? ¿Cómo? No es nuestro. Fue apenas un préstamo... EL MÁS PRECIADO Y MARAVILLOSO PRÉSTAMO ya que son nuestros sólo mientras no pueden valerse por sí mismos, luego le pertenece a la vida, al destino y a sus propias familias.
Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos.”

Amar significa quedar expuesto ante el dolor. Sólo por amor estamos dispuestos a afrontar cualquier tipo de sufrimiento que conlleve ese amor. Si no… ¡no sería Amor!
Respecto a los hijos, leía antes, que uno de los principales dolores es el de la incertidumbre de estar actuando con ellos correcta y adecuadamente. Los padres queremos que los hijos sean auténticamente felices, por eso, lo que más nos preocupa es saberles guiar por el Camino que les muestre el auténtico sentido de su vida.
El otro…perderlos. Sin embargo, estoy de acuerdo con el autor en que no podemos perder algo que nunca nos perteneció. Los hijos son un préstamo que Dios pone en nuestras manos para enseñarles a VIVIR. Pero esa vida les pertenece sólo a ellos.
Mentalizarme de eso es algo por lo que he luchado incluso antes de ser madre. Soy muy consciente de esa realidad e intento aplicarla en el día a día con mis dos hijos. Ellos no me pertenecen…pertenecen a Dios, pertenecen al mundo. Porque el mundo les está esperando para que obren en él las maravillas que están llamados a realizar. ¡Mis pequeños! Ruego a Dios porque encuentren y sean fieles a la vocación que Él les tiene reservada.
Este jueves día 24 es el cumpleaños de Iván, mi hijo mayor. Cumple ya cinco años y, como nos pasa a todas las madres, me parece que fue ayer mismo cuando nació. Cuando vi su rostro, sentí su calor y me llenó con su aroma. Cuando nació Iván, se nos llenó la casa con su luz. Era perfecto y me robó por primera vez el corazón, y desde aquel momento me lo roba cada día.
Su venida me transformó por completo. ¿Un hijo te cambia la vida? ¡Por supuesto! Le da un vuelco, pero, en contra de lo que nos quieren transmitir actualmente desde la opinión social, la maternidad no destruye ni empeora nuestra vida. ¡Todo lo contrario!, la lanza hacia su plenitud.
Mi hijo Iván me hizo descubrir que existe una nueva forma de amor, como leía antes en el texto del principio, tener un hijo es “un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos”, porque se trata de un amor de entrega absoluta y desinteresada, tan pleno… que cada día siento en ese amor el “reflejo” de Dios. Ese amor me hace pensar en lo ¡increíblemente hermoso que debe de ser Dios!
Si nosotros, los padres, imperfectos y limitados, llegamos a sentir un amor tan puro por los hijos, ¡¿Cómo será el Amor de Dios?!
Gracias a ese amor que siento por mis hijos puedo percibir cómo Dios se me muestra, me enseña cómo es Él.
Por eso hago mía la frase del texto que leí al inicio: Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos.


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QUE NO NOS CANSEMOS

Si hay una frase que me impacta sobre manera es la de la Madre Teresa de Calcuta: “No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar”.
Ella era muy consciente de que el número de personas que no tenían ni siquiera sus necesidades más primarias cubiertas era inmenso. En su afán por asistir al máximo posible, creía que debía prescindir incluso de las horas de descanso.
¡Impresionante mujer!

Imagino que muchos de los que hoy me escuchan estén implicados en algún tipo de tarea asistencial.

Considero un milagro que, a pesar del individualismo dominante, existan tantísimas personas que renuncien a su tiempo de ocio o de descanso y ofrezcan su dinero, sus energías, su esfuerzo, su cariño e ilusión, en la lucha por alcanzar el Bien Común.

Son muchos los frentes abiertos, parece mentira que se esté hablando de una sociedad moderna y civilizada, una sociedad que progresa cuando la realidad nos muestra con crudeza que cada día son mayores las brechas que se abren.

Múltiples personas se unen en diferentes grupos o asociaciones con fines de lo más diverso para lograr cubrir o, al menos paliar, las infinitas necesidades e injusticias que otros sufren. Y eso es, ni más ni menos, trabajar por el Reino de Dios.

Como ya saben, participo en la Asociación RedMadre. Nuestra asociación tiene como fin prioritario la atención, el acompañamiento, el apoyo de mujeres que estén viviendo un embarazo con dificultades para poder darles una alternativa a lo que tristemente ha pasado a considerarse como primera, e incluso, única salida a esa situación en muchos casos: el aborto.

Somos muy conscientes, cada día más, de que es una lucha titánica. Nos sentimos como David frente a Goliat. Porque el aborto no sólo ha dejado de ser entendido como un mal aceptado, sino que ha llegado a considerarse como un “derecho de la mujer”. Las cifras han aumentado y son escalofriantes. Y lo peor de todo es que cada aborto no sólo termina con la vida del bebé abortado sino que trunca la de sus padres, incluso abuelos porque el drama se extiende alrededor de quienes están implicados. Estamos permitiendo que haya una sociedad cada vez más herida y las gravísimas consecuencias de esto ya las estamos sufriendo.

Hablo desde mi experiencia, pero estoy segura de que, al igual que en el fin de nuestra asociación se me antoja descomunal, el resto de entidades también ven su labor como una tarea inagotable.
Pensando en esta situación recordé una hermosa oración del Beato D. Manuel González a nuestra Madre Inmaculada, una oración que debiera servir de estímulo también incluso para aquellas personas que aún siendo no creyentes o agnósticos, ofrecen sus vidas por la búsqueda del Bien Común.

“¡MADRE Inmaculada! ¡Que no nos cansemos! ¡Madre nuestra, una petición! ¡Que no nos cansemos!
Si, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo... ¡Madre querida!... ¡Que no nos cansemos!
Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús, que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios.
¡Nada de volver la cara atrás! ¡Nada de cruzarse de brazos! ¡Nada de estériles lamentos!
Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza de nuestras manos o en nuestros pies, que pueden servir para dar gloria a Él y a Ti, y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos...
¡Madre mía, por última vez! ¡Morir, antes que cansarnos!”

Hoy deseo felicitar todos los que trabajan por el Reino desde innumerables ámbitos. Animarlos a pesar de los desencuentros, de las zancadillas, de que parezca una “misión imposible”. Alentarlos a seguir luchando porque sin ellos, el mundo sería un lugar peor.

Y, por supuesto… ¡Que no nos cansemos!

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"Calidad de Vida"


Se nos habla con frecuencia de la “calidad de vida”. El caso es que aún no tengo nada claro cuáles son los parámetros que determinan si una vida es de calidad. A la hora de dar un sentido a este término el relativismo a campado a sus anchas y cada persona decide lo que significa tener “calidad de vida”… o no, en realidad, creo que ni siquiera nos paramos a reflexionar sobre el alcance que damos a este concepto. Instalados en la comodidad de que me lo den todo hecho y de no tener que pensar por mí mismo, dejamos que nos inunden día a día con un lenguaje en el que preferimos no profundizar.


La Organización Mundial de la salud ha definido “calidad de vida” como "la percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia, en el contexto de la cultura y del sistema de valores en los que vive y en relación con sus expectativas, sus normas, sus inquietudes. Se trata de un concepto muy amplio que está influido de modo complejo por la salud física del sujeto, su estado psicológico, su nivel de independencia, sus relaciones sociales, así como su relación con los elementos esenciales de su entorno". Definición demasiado extensa que habría que analizar con calma porque implica cosas terribles ya que tanto la eutanasia como el suicidio asistido están siendo justificados por la supuesta pérdida de esta calidad de vida.


Hoy deseo compartir dos testimonios de personas que sufrido una grave enfermedad durante varios años antes de su muerte.


El primero es un extracto de una carta que escribió en 1995 Olga Bejano, una chica a la que a los 23 años comenzó a afectarle una rara enfermedad degenerativa que le fue paralizando todos los músculos hasta que falleció a finales de 2008, tenía ya 45 años.


“Soy una chica a la que la enfermedad le ha truncado la vida y quizá por eso la palabra vida me merece un gran respeto.


Hasta los veintitrés años pude realizar una vida normal: Pero en mayo de 1987 mi glotis se paralizó y tuve una parada cardiaca por asfixia; estuve por unos minutos clínicamente muerta, quedándome luego en coma. En ese momento, más de uno no apostaba por mí; pero yo, por llevar la contraria, salí del coma y seguí viva. Desde entonces vivo sin poder hablar ni comer.

Mi vida es, desde hace ocho largos años, malestar físico, obstáculos, limitaciones, problemas hospitalarios, familiares, burocráticos... En una palabra: sufrimiento. Pero este sufrimiento si uno llega, como yo, a entenderlo, es una lección constante que ayuda a madurar y a superarse.


Soy católica, siempre he creído en Dios, en la existencia del alma y en que cuando uno muere no termina ahí su vida, sino que sigue en otro lugar.


Todos tenemos un día marcado para nacer y otro para morir, y yo no soy quién para alterar el destino y mucho menos los planes de Dios.


Vivimos en una sociedad en la que priman el placer y lo material. Todos queremos gozar y ninguno sufrir; pero el sufrimiento y la muerte vienen incluidos en la vida, forman parte de ella. Soy partidaria de luchar, no de «huir». La eutanasia es una forma de huida y, por tanto, no deja de ser una cobardía. A mí no me parieron cobarde; por eso lucharé hasta el final. Respeto y entiendo a los que se dan por vencidos y no creen en nada; pero yo, cuando llegue al «otro lado», quiero tener la sensación de llevar mis deberes cumplidos. Si me practicasen la eutanasia, creo que, al llegar allí, tendría la sensación de no haber sabido llegar hasta el final, como si dejase en este mundo alguna asignatura pendiente. Para mí todo lo que te quita la paz interior no es bueno, y los médicos que han realizado eutanasias creen que hacen bien, pero confiesan sentirse mal. Todo anciano, minusválido o enfermo terminal tiene derecho a una atención digna, centros adecuados, ayudas familiares y económicas y grandes dosis de «cariñoterapia»; pero todo esto equivale a trabajo y a dinero, y es más fácil, cómodo y barato legalizar la eutanasia e, igual que hicieron los nazis, disfrazándola de ayuda y compasión, quitar a todos de en medio.


La mentalidad de que sólo lo biológicamente bueno vale la pena impide conocer grandes realidades humanas: Beethoven compuso sus maravillosos cuartetos hasta el último momento; Mozart siguió componiendo en el lecho de muerte su magnífico Requiem; Tiziano pintaba con casi noventa años, cuando apenas podía sujetar los pinceles. Los defensores de la eutanasia olvidan que cada vida es única e irrepetible y que cualquier vida tiene todo el valor posible. Si hubiese una vida sin importancia, ninguna sería importante”.


El segundo testimonio es de una enferma que murió habiendo estado más de cincuenta y cinco años paralizada en una silla de ruedas.


“Nosotros los enfermos, que tenemos fe en Jesucristo, sabemos que somos hijos predilectos de Dios por parecernos a Cristo en el sufrimiento. El Señor nos reveló en un acto supremo de amor la gran fecundidad del dolor. Para nosotros la enfermedad es la ofrenda diaria de nuestra vida, el don de nosotros mismos. Nos impulsa saber que al final tendremos el encuentro con Dios que nos acogerá con todo su amor”.


Precisamente son ellos, los enfermos, quienes mejor pueden enseñarnos el auténtico significado de “calidad de vida” y cómo nuestras vidas, desde el inicio hasta la muerte natural, tienen mucho que aportar al mundo.


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