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UNA CLASE DIFERENTE

TEMPORADA 3  UNA CLASE DIFERENTE 1 (temp 3) Viajamos a Santo Toribio de Liébana con alumnos de 1º ESO, acaban de aterrizar en el I...

ACRISOLADOS


Hoy inspira mi reflexión una frase del sacerdote Pablo Domínguez, aquél de quien se hizo la película “La última cima”:
“Dios está más empeñado en tu felicidad que tú mismo.”
Cuando uno está atravesando una situación complicada en su vida por alguna circunstancia que parece adversa, y en medio de todo eso llega otro problema y luego viene un nuevo revés, y otra dificultad y después otra y otra, hasta que uno comienza a sentirse coleccionista de calamidades e infortunios, recibes esas palabras como un bofetón que te hace reaccionar y salir del enfrascamiento en el que te encuentras ante la desesperación, el cansancio y la impaciencia.
¡Dios está más empeñado en nuestra felicidad que nosotros mismos!
Entonces, ¿de dónde vienen tantos problemas?, ¿por qué no pone ante nosotros un escudo que nos proteja de tantos apuros que se nos acumulan?
El segundo capítulo del libro del Eclesiástico usa una imagen preciosa: el oro se prueba en el fuego (Ecl. 2, 5), es decir, el oro es ACRISOLADO: puesto a prueba sale mejorado.
Se inicia el capítulo diciéndonos: “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepárate para la prueba”
Leído así, uno puede caer en la tentación de pensar que si lo que Dios necesita es probarnos, entonces, no merece la pena servir al Señor, creer en Él.
Si algo tengo claro, es que Dios no necesita probarnos. Él nos conoce mejor que nadie: “Antes de formarte en el vientre de tu madre te conocí” se nos dice en Jeremías.
Sin embargo, nosotros sí necesitamos probarnos y conocernos en la prueba. Cada adversidad es una oportunidad, cada contrariedad es un reto, una ocasión para crecer y conocer los dones y las capacidades que Dios puso en nosotros cuando nos creó.
En el capítulo citado de Eclesiástico se nos habla precisamente de la constancia en medio de la prueba:
“Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties”
“Sé paciente”
“Pon tu confianza en el Señor”
El Salmo 37 también nos invita a confiar: “Pon tu alegría en el Señor, él te dará lo que ansió tu corazón”
Y San Pablo nos exhorta en su carta a los Romanos: Que la esperanza os tenga alegres, manteneos firmes en el sufrimiento, sed asiduos en la oración. (Rm. 12, 12)
¡Claro que, decirlo es tan sencillo! Lo realmente difícil es vivirlo desde esa convicción y sacar fuerzas desde esa certeza.
¿De dónde sacamos la firmeza ante el sufrimiento, la esperanza en medio de lo desesperante?
San Pablo nos lo deja muy claro: Sed asiduos en la oración.
Sólo desde el encuentro sosegado con Dios a través de la oración y por medio del alimento de la Eucaristía, uno puede fortalecer su espíritu de tal manera que sea capaz de ver brillar la Luz de Dios en medio de la oscuridad,
Vivir desde la certeza de que Él nos dará lo que ansía nuestro corazón no es quedarnos estancados, adormecidos, esperando a que Dios resuelva nuestros males. Sino vivir confiados y confiando, y trabajar día a día desde la seguridad de que Dios recompensará con un don eterno nuestra fortaleza. Ese don es la alegría que no se pasa nunca, la alegría de sabernos amados por Ese ser infinito que todo lo puede y que jamás nos abandona. La alegría que nos mantendrá firmes y saldremos depurados y renovados de la prueba, como el oro puesto al fuego.
Retomo la frase de Pablo Domínguez, pero esta vez la completo ya al inicio no la dije entera:
“Dios está más empeñado en tu felicidad que tú mismo.
Pero es que Dios no es un amigo más, Dios es TODOPODEROSO”

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EL ESPÍRITU, ÉSE GRAN DESCONOCIDO



El Espíritu Santo forma parte de nuestra experiencia diaria pero, no logramos asimilar su presencia, es el gran desconocido. Nos sucede a muchos cristianos como a los efesios cuando Pablo les pregunta si ya había recibido el Espíritu Santo y le respondieron: “Ni siquiera hemos oído decir que exista el Espíritu Santo” (Hch 19,2)
Pasamos nuestros días sin percibir su presencia porque no nos paramos a pensar, a reflexionar nuestra realidad.
San Agustín dice del Espíritu es que es más interior que lo más íntimo mío, si prestáramos atención a la experiencia diaria veríamos cómo es Él quien nos impulsa y dinamiza en cada acción que realizamos que suponga una liberación verdadera para nosotros y para la humanidad porque “El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad” (2 Co 3, 17)
San Pablo habla de las actitudes que demuestran la presencia del Espíritu en nosotros y las llama frutos del Espíritu Santo.
Cada vez que esos frutos se hagan una realidad en nuestro día a día, es por obra del Espíritu:
Cuando venza el amor ante situaciones de orgullo o egoísmo.
Cuando brille la alegría en medio de esa oscuridad que parece no tener fin.
Cuando triunfe la paz y los conflictos quedan sanados.
Cuando surja la comprensión al ponernos en el lugar de los demás.
Cuando reine la amabilidad y tratemos al otro con el respeto y la delicadeza que merece.
Cuando brote la bondad y saquemos lo mejor de nosotros mismos para ofrecérselo a los demás.
Cuando prevalezca la fe y sigamos confiando en medio de duras pruebas.
Cuando actuemos con mansedumbre adaptándonos a las circunstancias y aprovechando las oportunidades que nos ofrece incluso la adversidad.
Cuando logremos ejercer un dominio de nosotros mismos y la paciencia supere a la inquietud y al deseo descontrolado de lo inmediato.
Siempre que ayudamos a otro, siempre que consolamos a alguien, siempre que le defendemos, es el Espíritu quien actúa desde dentro de nosotros. Al actuar desde dentro, porque “el Espíritu se une a nuestro espíritu” (Rm 8,16), su acción puede confundirse con nuestra propia capacidad.
Pero el día en que tomamos conciencia de estar habitados por Dios, es como si naciéramos de nuevo porque “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5) y ese descubrimiento nos hace sentir que todo ha sido transformado. Y empezamos a ver el mundo con otra Luz, la Luz del Amor de Dios.
El próximo domingo celebramos Pentecostés, es una fiesta cuya importancia deberíamos redescubrir porque de nada nos habría servido la muerte y resurrección de Cristo si no llega a nosotros su fruto que es el Espíritu Santo.
Jesús afirmaba. “Conviene que yo me vaya, porque, si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16, 7). Gracias a la participación del Espíritu en Pentecostés, todos quedamos unidos a la divinidad. Es en el Espíritu donde nos hacemos uno con Cristo porque vive en nosotros, y viendo al Hijo por el Espíritu, también vemos al Padre.
Gracias al Espíritu los hombres logramos hacer realidad nuestro deseo: ver el rostro de Dios.

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