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UNA CLASE DIFERENTE

TEMPORADA 2 UNA CLASE DIFERENTE 21(temp 2) Nos acompaña Rebeca Díez Gutiérrez, compañera, profesora de religión de Educación Infanti...

ULTREIA 12 ETAPA 10º



Arzúa- Monte del Gozo
16-08-13
35 km ¡Etapa interminable!

Vibra el móvil, ¡Se me hace tan raro pensar que hoy es el último día que lo programaré para madrugar tanto!
Salimos de Arzúa con noche totalmente cerrada. Quedan 40 kilómetros para llegar a Santiago, un patxi grino sería totalmente capaz de hacerlo.
El amanecer de hoy es increíblemente hermoso, los rayos de luz pasan a través de los troncos del bosque de eucaliptos por el que estamos pasando, tiñendo todo de una capa dorada.
Siento que es como la luz de Dios cuando se va abriendo paso entre nuestras tupidas limitaciones y miserias, entre nuestras circunstancias adversas y problemas.
Es como las flechas amarillas que aparecen para disipar dudas en un cruce de caminos.
Durante los 200 km que llevamos andados, nuestra guía constante han sido las flechas. Y una pregunta me asalta siempre que paso por algunos lugares remotos.
¿Quién puso ahí las flechas? Amo a las personas que las pusieron, las amo aun sin saber quienes hicieron esa labor ingente.
Las amo porque orientan mi camino.
Gracias a las flechas no te pierdes. Andar 100 m más porque te has equivocado, cuando ya tus pies están agotados y magullados, es terrible. Por eso amo a quien me amó a mi primero, sin conocerme ni saber si pasaría por allí alguna vez.
Entonces me he puesto a reflexionar y a preguntarme: ¿quiénes han sido y son flecha amarilla en mi vida?
Rezo por ellos y agradezco a Dios la existencia de cada uno de ellos.
Y me pregunto: yo, ¿soy flecha?
Una determinación sale de lo más profundo de mis ser: ¡QUIERO SER FLECHA AMARILLA!
Me siento muy bien físicamente, a penas siento molestias de la infección y todo lo demás está ya adaptado, espalda, pies, deditos de los pies…
Comienzo con mucha energía y ánimo, eso me está generando un "conflicto" interno: me apetece mucho, muchísimo seguir hasta Santiago y empieza a angustiarme no llegar por adaptarme a la decisión de mis dos compañeros de camino que quieren que hoy terminemos en el Monte del Gozo y aguantar la espera. De nuevo “Saber Esperar”. ¡Pero qué frágil es la naturaleza humana! Acabo de determinar que quiero ser flecha amarilla y ahora me siento fatal conmigo misma, me siento egoísta. No quiero frenarme por ellos, quiero poder seguir hasta Santiago. Y me siento fatal porque ellos se han adaptado a mi ritmo y circunstancias ayer, pero hoy me cuesta asumir las suyas, ¡Me cuesta tanto!
Hago un esfuerzo interior inmenso para sosegar mi inquietud y no precipitarme, para pensar sólo en el paso que voy dando, uno tras otro.
Me alejo de ellos porque voy más ágil pero tras unos 15 kilómetros paramos a saludar a una señora que, por Facebook, le ha ofrecido a Marcelo invitarle a un café en su hotel.
Yo me desvío al hotel y les espero allí con un rico zumito de naranja. Quique se pasa el desvío y Marcelo llega tras un buen rato de espera.
La visita no es muy larga, pero noto que la parada me ha venido fatal. No logro calentar motores. Los kilómetros empiezan a hacerse eternos y la infección de orina comienza a atacar con fuerza. Es mi debilidad, mi infección, quien da la respuesta a mis anhelos de esta madrugada.
Llegar hasta el Monte del Gozo se empieza a convertir en todo un suplicio a medida que avanza la jornada y el calor aprieta y la cistitis se intensifica.
Mi falta de voluntad para "soportar" tener que esperar al día siguiente para hacer los 5 km que separan el Monte del Gozo de Santiago, está quedando disipada ante las circunstancias que me dan de bruces contra la realidad de mis limitaciones: la infección de orina y la primera ampolla del camino bajo el dedo meñique del pie izquierdo que convierten cada paso con ese pie en una punzada de dolor.
Marcelo no se separa de mí, se adapta a mi ritmo lento a pesar de que le pido que coja el suyo. Me da una lección de vida y de generosidad impresionante después de lo que había renegado unas horas antes por no poder llegar a Santiago por él y por Quique.
Nuestras paradas se multiplican, aunque me fuerzo, no puedo aguantar andando más de una hora sin parar. Ir al baño es terrible, no ir es peor. Reiniciar el camino tras la parada es mortal.
Comemos en la terraza de un restaurante con un menú riquísimo. Noto que me voy reponiendo, aunque no tanto como me gustaría. Nos refrescamos y preparamos para los últimos kilómetros.
Cuando ya tan solo 9 km y me falta muy poco para rendirme. Encima los mojones han dejado de existir desde el 12
Les digo a mis compañeros, riéndome, que ya empiezo a hiperventilar de la angustia que siento sin los mojones.  
Lo cierto es que si no me rindo es porque entiendo que no hay posibilidad para hacerlo. No hay sombras a nuestro paso ni lugares donde poder sentarse, descansar y refrescarse. En realidad sí hay opciones pero mi mente sabe reconocer que sus consecuencias serían mucho más negativas.
Ese análisis de la realidad impide a mi mente doblegarse ante lo que el cuerpo reclama con fuerza: "¡Para ya, ríndete y tírate al suelo!"
Repito en mi interior la frase del mojón 40: “Deja que el corazón te lleve cuando tus piernas no puedan”
Lo traslado a mi vida, ¡tantas veces he tirado hacia adelante a base de pura "fuerza de voluntad" y determinación!
¿¿Dónde está el límite?? ¿Hasta dónde puedo llegar sin "partirme"? Necesito descubrir ese equilibrio para mi vida.
Tenemos que hacer paradas cada menos tiempo, pero la subida al Monte del Gozo es eterna y está desierta de lugares de descanso.
Una cuesta sucedía a otra, y ésta a otra, y a otra y a otra más. Y Quique no dejaba de asegurarme que esa cuesta era la última, pero no lo era, su recuerdo le fallaba y yo sentía que la impaciencia me restaba energías. Entonces comencé a despotricar, acumulé en dos minutos los improperios de toda una vida. ¡Nos reímos tanto! ¡Me liberó tanto!
Comenzamos a cantar: Gotas de lluvia sobre mi cabeza, Raindrops keep falling on my head, de la película Dos hombres y un destino. Fue todo un descubrimiento que a Marcelo le gustara también.
Hablamos de la serie infantil latina, El Chavo del ocho y de El Chapulín Colorado. “¡Pipipipipipi!” decíamos emulando a uno de los personajes de la serie para lamentarnos de nuestro agotamiento.
El Buen humor en la lucha transforma todo el Camino. Merece la pena, utilizar un poco de energía creativa para dar una pincelada de humor y risa desintoxicante a las dificultades. Es esencial para seguir adelante libre de amarguras y no fastidiar a los compañeros con una actitud negativa y derrotista durante el Camino.
Nos reíamos tanto que los kilómetros comenzaron a acortarse.
Ya queda poco, ya menos, mucho menos… ¡El MONTE DEL GOZO! ¡Ya está ahí!
¡Llego exhausta! ¡Casi rota! Pero... ¿y la llegada?
¡¡La llegada es impresionante!!
Ahora entiendo a la perfección porqué se le llama Monte del Gozo ¡Qué gozo da llegar!
Hoy el camino me ha dado una gran lección.
Mi conflicto interno al presuponer que sentiría impaciencia por llegar aquel mismo día a Santiago cuando aún "presumía" de mis fuerzas, me hacía estar a disgusto con lo que, yo creía que suponía un impedimiento para mis deseos, mis compañeros. Rogué por tener claridad y fuerza interior suficiente para ganar esa batalla desde el amor y sacrificio por los demás.
Pero al venir mi bajón físico, han sido precisamente aquellos a quienes sentía al inicio de la etapa  como "limitaciones externas", los que, finalmente, me han ayudado a llegar al Monte del Gozo. Con sus cuidados y su comprensión. Con su sentido del humor y sus risas. Con canciones y desahogos. Sin ellos yo no habría sido capaz. Imprimieron un ritmo asequible para mí... y ¡¡HEMOS LLEGADO!!
El dolor físico sigue presente pero queda disipado por la fuerza y la satisfacción que me da la emoción del reto logrado y eso es fascinante.
Ya no siento para nada esa ansiedad por la impaciencia de bajar a Santiago.
Asumo que el momento aún no había llegado. De nuevo "Saber esperar" porque el momento perfecto para llegar al Obradoiro será mañana.
A pesar de estar exhausta antes de ir al albergue vamos a hacernos fotos, con mochila y todo a las estatuas de los peregrinos que señalan Santiago. Rememoro cuando vine aquí con mis padres, en coche, hace varios años. Y me coloco en con la misma pose con la que me hice allí una foto, pero la expresión de mi rostro es totalmente diferente. Ahora rezuma plenitud.
En el albergue compartimos habitación con un joven sacerdote polaco y su madre. Me da mucha pena no podernos comunicar. ¡Sus expresiones son tan bondadosas!
Y, un día más, las rutinas, último día de rutinas, ducha y lavar ropa, por última vez, la próxima se lavará en la lavadora de casa.
Vamos a cenar a un restaurante que no está muy lejano pero mis pequeñas heridas en los dedos de los pies y mi recién llegada ampolla, la única de mi camino, dificultan cada paso.
Tardan muchísimo en atendernos. La puesta de sol está siendo preciosa pero no podemos ir a disfrutar de ella por esa tardanza.
Quique hace el gran sacrificio de perdérsela desde las estatuas de los peregrinos.
Cuando salimos del restaurante ya es de noche. Siento que no puedo dar un paso sin sentir la laceración en mi pie izquierdo así que decido descalzarme. Caminar descalza por el asfalto es también doloroso pero lo prefiero. Y cuando llegamos a la hierba… ¡Oh! Maravillosa sensación de caminar descalza por la hierba húmeda. Llena todos mis sentidos, disfruto, sonrío.
Vamos a la habitación. Subo a mi litera y caigo rendida, completamente rendida, pero feliz.
¡Cuántas enseñanzas, cuántos retos alcanzados, cuántas gracias pones en mi vida, Dios mío!

 



















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